La discusión sobre la marcha del 15 de noviembre se descarriló desde antes de partir del Ángel de la Independencia. Que si fue una estrategia digital articulada, que si le metieron 90 millones de pesos, y luego que si faltaron jóvenes de la generación Z, que si los que protestaron ya pasaron los 28 y por eso “no cuentan”, que si siempre son los mismos. Una conversación tan mezquina como la acción de reventar la propia marcha y expulsar a los manifestantes de la plaza principal. De ese Zócalo que el poder intenta apropiarse como si fuera extensión natural del partido guinda.
Pero entre la mucha soberbia de los morenistas que se activaron para descalificar todo, hay una verdad que no pueden enterrar: tras el asesinato de Carlos Manzo, la indignación regresó al centro emocional del país. El reclamo tomó forma. Es hartazgo. Hartazgo del cinismo, de los pactos con los cárteles, de la burla permanente al ciudadano que cuestiona. Circo, maroma y teatro bajo una narrativa que ya no convence a nadie y que, sin embargo, sigue empeñada en despreciar antes que resolver.
¿Quién organiza al “bloque negro”? ¿Quién les paga? ¿Quién les ordena ir a reventar marchas para que las exigencias se ahoguen entre vidrios rotos? ¿Quién decidió que la oposición no tiene derecho a existir ni a aparecer públicamente? ¿En qué momento se instaló esta idea absurda de que si alguien conocido se suma, entonces la causa deja de ser ciudadana? Y desde luego, ¿cómo es posible que todavía haya quien finge escándalo porque hubo dinero en redes? ¿En serio creen que solo la marcha del 15N ha tenido inversión digital? ¿O que las conversaciones públicas son espontáneas, puras, virginales?
El punto está en otro lado. Está en Michoacán, donde las desapariciones aumentaron 15% este 2025, con 769 casos en los primeros diez meses del año. Está en Uruapan, donde asesinaron al presidente municipal, Carlos Manzo, y donde la investigación avanzaba más lentamente que la indignación. Hasta ayer, se anunció la detención de Jorge Armando N., señalado como uno de los autores intelectuales. ¿Qué de eso vamos a creer o hasta dónde vamos a llegar? En México la justicia suele funcionar así: se captura a uno, se declara victoria y el resto del entramado —los otros autores, los operadores, los protectores, los cómplices políticos, queda intacto. La detención de un hombre no resuelve un sistema; apenas le pone un vendaje a una herida abierta. El caso Manzo no puede cerrarse con un detenido. No puede administrarse al ritmo de la conveniencia política. La magnitud del crimen exige una investigación del tamaño de la indignación que desató. Todo lo demás es simulación.
Y ese “otro punto” es también todo el país. Durante el primer año del gobierno de Claudia Sheinbaum se registraron 14 mil 765 desapariciones, al menos 40 personas por día. Esto es un aumento del 16% respecto al último año de su antecesor. Son cifras, son vacíos. Vacíos en casas, en escuelas, en sobremesas. Vacíos que se multiplican.
¿Y las mujeres? ¿Y las niñas? ¿Y las jóvenes de la generación Z?
En México hay más de 29 mil mujeres desaparecidas. El rango de 15 a 19 años concentra uno de cada cinco casos femeninos. En la Ciudad de México, el 37.6% de las mujeres desaparecidas tiene entre 10 y 19 años. La desaparición no es solo violencia: es violencia con género, con edad y con un patrón que nadie quiere reconocer.
El México que cierra 2025 ya no se conforma con que le digan que “todo es culpa de los bots”, que “la violencia la provocan los conservadores” o que la oposición “está desesperada porque vamos bien”. El México que cierra 2025 sabe que la violencia la provocan los pactos en lo oscurito, los gobernadores que miran hacia otro lado, los secretarios que siguen en su puesto aunque su estado arda. Sabe que la mentira se agotó. Sabe que ya no se traga el cuento.
Los limoneros, los aguacateros, los maíceros comienzan a mostrar que ya no tienen nada que perder. En 2026 se cumplirán dos décadas de guerra, y los cárteles son hoy más fuertes, más ricos y más libres que entonces. PAN, PRI y Morena han tenido el país en sus manos y las promesas —todas, se convirtieron en fosas, en cifras torcidas, en improvisación, en alianzas con el crimen.
¿A quién creerle? La confianza está rota.
Y aquí un dato que lo ilustra: según el reporte “Confianza en México 2025” publicado por La Labó —un ejercicio autoseleccionado, urbano y no representativo, pero útil para leer tendencias— el gobierno federal obtiene apenas 1.41 puntos de confianza en una escala del 1 al 5. No es un juicio definitivo; es un termómetro. Y el termómetro marca fiebre.
El desafío ya llegó a Palacio Nacional, donde la aprobación es alta. Dos datos que se contraponen o se recargan en verdades distintas. Este desafío no lo trajo la marea rosa, ni los de siempre, ni los jóvenes que no fueron. Lo trajo un país cansado tras 20 años de guerra. Un país que ya no cree en mitos, ni en “otros datos”.
Hay un sombrero que está en el suelo.
Alguien podría levantarlo.
@LauraManzo

