A lo largo de la historia de los procesos electorales han ido apareciendo tecnologías que redefinen la forma en que se desarrolla la vida democrática. En algún momento fue la radio, después la televisión y más tarde las redes sociales. Hoy, el centro del debate es la inteligencia artificial (IA).
En México, donde el debate sobre reformas electorales continúa y donde los próximos años tendrán lugar múltiples ejercicios democráticos, entre elecciones federales, procesos locales y otros mecanismos de participación, es inevitable reconocer que la IA ya forma parte del ecosistema que rodea a las elecciones y que, como toda tecnología, no es neutral: puede generar riesgos para la integridad de los procesos, pero también ofrece oportunidades para fortalecerlos si se utiliza con responsabilidad.
Entre los riesgos más evidentes se encuentra la desinformación. Las herramientas de IA permiten crear deepfakes o contenidos manipulados que simulan declaraciones o acciones que nunca ocurrieron, sumado a la generación automatizada de noticias falsas o campañas de desinformación. La IA también puede sofisticar ciberataques contra instituciones electorales o infraestructuras críticas. Finalmente, el análisis masivo de datos abre la puerta a la hipersegmentación de mensajes políticos y a la construcción de perfiles de votantes con fines de persuasión electoral, recordando episodios como el de Cambridge Analytica.
Frente a estos desafíos, la respuesta no puede ser negar el uso de esta tecnología ni continuar posponiendo su discusión regulatoria. Las instituciones reguladoras, las autoridades electorales, las plataformas digitales, los actores políticos y la sociedad debemos avanzar en mecanismos de prevención. Esto implica fortalecer la alfabetización digital, promover la transparencia algorítmica, establecer protocolos para identificar contenidos generados con IA y reforzar las capacidades institucionales para detectar campañas de desinformación o intentos de intromisiones.
Pero sería un error voltear a ver únicamente los riesgos. La IA también puede convertirse en una aliada de la integridad electoral. De acuerdo con un reporte del CIDE, de 114 proyectos de instituciones públicas que utilizan IA, al menos seis instituciones electorales en México ya usan esta herramienta con asistentes conversacionales, consulta de información, captura de actas o localización de precedentes.
De cara a los próximos procesos democráticos, el potencial de la IA podría ampliarse aún más. Su uso puede mejorar la detección temprana de irregularidades mediante el análisis de grandes volúmenes de datos, identificar patrones atípicos en reportes de gastos de campaña, reducir tiempos en la captura y verificación de resultados, y fortalecer las tareas de fiscalización al facilitar el cruce de bases de datos en periodos mucho más cortos.
Sin embargo, es fundamental no perder de vista que el uso de estas herramientas debe ir acompañado de medidas sólidas de seguridad y gobernanza de datos, que garanticen la protección de los datos personales de las personas y eviten usos indebidos de la información.
El desafío, en realidad, no es elegir entre adoptar o rechazar la IA, sino construir condiciones para su uso responsable en los procesos democráticos. Las elecciones son un reflejo del momento tecnológico que vive cada sociedad. La nuestra no será la excepción. Por ello, más que temerle a la IA, debemos comprenderla, regularla con inteligencia y aprovechar su potencial para fortalecer la confianza pública en las instituciones democráticas. Con ello, hagamos lo que nos corresponde.
Mtra. Laura Lizette Enríquez Rodríguez
Especialista en protección de datos, ciberseguridad y gobernanza de IA
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