Sebastián Godínez Rivera/Latinoamérica21
Tras el fraude electoral del 2024 Maduro gritó “¡vengan por mí, aquí los espero en Miraflores, no se tarde en llegar, cobarde!”. Luego de una serie de amenazas contra Washington y discursos nacionalistas el gobierno de Estados Unidos dio inicio a las operaciones en el Caribe en 2025, pero el mundo despertó el 3 de enero de 2026 con la noticia de la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
Maduro utilizó un discurso beligerante desde insultar a la oposición venezolana hasta señalar que el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, quería manchar de sangre las manos de Donald Trump. También apostó por la música “No war, yes peace”, celebró eventos multitudinarios en aras de unir a todos los venezolanos y hasta convocó cumbres de la paz. Todo esto no hacía más que denotar su desesperación.
En los estudios de las transiciones a la democracia existe una escuela que ha analizado el papel de potencias extranjeras como detonantes de cambios en regímenes autoritarios. Politólogos como Huntington, Linz, Stephan, Diamint y Pion-Berlin estudiaron cómo la presión internacional llevó a la caída de los autoritarismos del siglo XX. En América Latina el ejemplo comparable con la caída de Maduro es el del dictador panameño Antonio Noriega detenido el 3 de enero, pero de 1989.
El desenlace de la caída
En diciembre de 2025 Trump y Maduro hablaron por teléfono para sentar las bases de una salida negociada, es decir, evitar una invasión, muertes civiles y la pérdida material. El objetivo era designar un gobierno de transición, celebrar comicios libres, liberar presos políticos y dar paso a la democracia. La negativa a dejar el poder y el uso de una retórica belicista hacia Washington, terminó con la captura de Maduro.
Cuando cae un régimen, diversos actores políticos y grupos de presión comienzan a reacomodarse. Las transiciones pactadas en las que los líderes del autoritarismo negocian con sectores moderados se dan de forma paulatina, no son quiebre radicales. Se nombra un gobierno de transición y las libertades civiles comienzan a liberalizarse.
En el caso venezolano no será así, al contrario, las facciones del chavismo buscarán mantener la estructura autoritaria a través de un nuevo liderazgo. Y es que si bien el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) tiene el poder, dentro de él existen facciones que buscarán tomar las riendas del país. De momento la vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el poder constitucionalmente, sin embargo, líderes como el ministro del Interior, Diosdado Cabello, encargado de la represión de la oposición y quien ha sido pilar del régimen, probablemente buscará heredar el poder.
Es probable que la formación de un gobierno transicional chavista no genere estabilidad, sino que acelere la caída del régimen o que lo radicalice. Por otro lado, grupos de poder como el empresariado afín al madurismo, grupos criminales aliados al poder, la cúpula militar y las bases del partido buscarán obtener beneficios de quien asuma el liderazgo.
Las fuerzas armadas son la columna vertebral del régimen. Las protestas, tras las elecciones de 2024 en las que el chavismo no presentó las actas de su supuesto triunfo electoral, han sido reprimidas por militares, policía y grupos paramilitares. Y es que Hugo Chávez le dejó a Maduro un país militarizado donde las fuerzas armadas participan en tareas civiles y sostienen el poder mediante las armas.
Qué pasa con la oposición
Otro elemento a tomar en cuenta es el destino de Edmundo González Urrutia, ganador de los comicios de 2024 y de la Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, ya que las condiciones aún no están dadas para que asuman la conducción. De momento atravesamos momentos cruciales que definirán si habrá apertura o radicalización. En palabras del reconocido politólogo O'Donnell: “la transición es el intervalo de tiempo indefinido entre un régimen y otra cosa.
Incluso en una entrevista con Fox News, el presidente Trump declaró: “no podemos arriesgarnos a dejar que alguien más dirija Venezuela y simplemente se haga cargo de lo que él dejó”. La declaración no solo abre la puerta a que tropas norteamericanas impongan el orden en la nación sudamericana, sino que mediante la fuerza restructuren el régimen como ocurrió con Noriega en Panamá, Duvalier en Haití o Ubico en Guatemala.
En conclusión, la caída del tirano no es el final sino el inicio de un sendero de incertidumbre en el que la democracia y el autoritarismo se batirán hasta el final. Maduro no era la piedra angular del régimen, sino la cara más visible del autoritarismo, sin embargo, la maquinaria chavista tiene otros engranajes menos visibles que han sido ignorados en la ecuación.






