Por: Ana Carola Traverso-Krejcarek y José Orlando Peralta

La pandemia puso al mundo de cabeza, sacudió instituciones, generó nuevos conflictos sociales y profundizó los ya existentes. Diversos sistemas políticos en América se vieron afectados con la polarización social e ideológica, la emergencia y fortalecimiento de extremos y la desconfianza hacia la institucionalidad democrática. Para colmo, esto se vio condimentado por oleajes de noticias falsas. Tanto en el norte y sur del continente la situación ha sido igual de crítica. ¿Qué paralelos pueden dibujarse? ¿Existen lecciones de las cuales podemos aprender?

Veamos el caso de Estados Unidos. El éxito de tácticas cuasi de guerrilla en el posicionamiento de mensajes otrora considerados periféricos o extremistas fue contundente. Entre ellos puede mencionarse la utilización de medios de comunicación aparentemente poco apetecidos por las nuevas tecnologías de la información—como la radio de amplitud modulada (AM)—para la difusión de mensajes ultraconservadores. Por citar un ejemplo, la investigación de Brian Rosenwald, publicada en 2019, da cuenta de cómo la industria de la radio fue cooptada por la derecha radical, expandiéndose de cincuenta y nueve a más de mil radios desde la década de 1980.

En el proceso, la retórica ultraconservadora amasó un poder político incuestionable, convenciendo al país de apoyar a un candidato hecho a su medida. Hoy continúa demandando aún más radicalidad a través de su retórica y poder de penetración en los hogares de cientos de miles de habitantes. La utilización de radio con fines políticos en países con alta concentración de población rural no es, pues, nueva y se ve reflejada tanto en los Estados Unidos como en muchos países latinoamericanos.

Otro fenómeno para señalar es el hecho de que, en estados como Florida, el rechazo y miedo asociado a la vinculación del partido demócrata con la agenda internacional socialista y los gobiernos autoritarios de Cuba, Venezuela e incluso Bolivia o Nicaragua calaron hondo. Similar situación puede verse entre inmigrantes de primera generación en otros estados, movidos hacia la derecha ante todo por sus deseos de movilidad social y económica.

Esto demuestra que la propaganda híper-segmentada, con mensajes dirigidos hacia públicos con características concretas sí funcionan, porque se utilizaron sin tregua y dieron resultado. Y, ciertamente, la votación de grupos minoritarios importantes como el latino, no es monolítico; no votan en bloque.

Ahora veamos el caso argentino. Los ciudadanos “agrietados” son un síntoma de la polarización en el sur del continente por la distancia ideológica que actualmente los caracteriza: a favor o en contra el kirchnerismo. Con pandemia de por medio, las decisiones políticas del gobierno de Alberto Fernández profundizan el malestar de los disidentes. Esta es una situación muy crítica que divide familias, parejas, compañeros de trabajo y trasciende el plano político. Si consideramos los efectos del COVID-19 y la crisis económica, es preocupante notar la polarización en un país cuyo centro político es ya casi inexistente.

Ahora veamos el caso de Bolivia. La polarización del país enclaustrado se vive entre quienes apoyan al MAS (partido recientemente electo) y un bloque opositor heterogéneo. El triunfo electoral del MAS marca un fraccionamiento territorial e ideológico que divide al país en dos y evidencia el fracaso de la oposición en producir una propuesta de renovación política. El retorno del discurso indigenista en un país mestizo (según los resultados del censo 2012) constituye el nuevo momento político que no estará exento de profundas tensiones irresueltas.

En este escenario de polarización, cambios e incertidumbre, sucumben muchos. Discernir entre hechos reales e ideas descabelladas como las teorías de conspiración o aquellas de corte anticientíficas se torna una tarea difícil. Y como si fuera poco, uno de los ejemplos más preocupantes en el hemisferio norte, la teoría conspirativa de Q Anon tiene ahora simpatizantes incluso entre los nuevos candidatos electos.

El odio fomentado a partir de las noticias falsas es, probablemente, uno de los paralelos que han sufrido los procesos electorales de Estados Unidos y otros países. Se suma la desconfianza a sus tribunales electorales promovidas por fuerzas políticas de extrema derecha. En síntesis, uno de los efectos tóxicos de la polarización es la deconstrucción de la institucionalidad democrática y el cuestionamiento a la razón y ciencia.

La pandemia ha marcado un antes y un después en nuestra forma de vida, relaciones sociales y de trabajo. Hoy esta crisis sanitaria nos encuentra en medio de lo que esperemos sea un cambio de paradigma impulsado por el viraje político norteamericano. La lección que nos deja el proceso electoral estadounidense es el convencimiento de que las profundas heridas abiertas generadas por el discurso permanente de Trump tardarán años en sanar.

Conviene subrayar la urgente necesidad de construir puentes de comunicación y diálogo que nos lleven a conocer, hablar y compartir opiniones de forma constructiva con quienes no conocemos y opinan como nosotros. Si antes se creía que las redes sociales ayudarían a derribar las fronteras físicas entre las personas, hoy sabemos que el modelo de negocios de éstas se basa en la híper realidad, hecha a la medida del usuario, aislándolo aún más del resto de su comunidad y fortaleciendo determinadas creencias y prejuicios.

Esperamos, por el bien de la humanidad, que una de las destrezas ampliamente capitalizadas por el presidente electo Joe Biden—la empatía y habilidad de negociar con el partido contrario— tengan un efecto multiplicador en la titánica tarea de redefinir nuestro ejercicio democrático de todos los días. Si de algo sirvió permanecer en ascuas la primera semana de noviembre esperando ver qué sucedería en Estados Unidos, fue para recargar la esperanza y sentir que una nueva y mejor versión de sociedad es posible.

La polarización en el norte y sur de América marcará la segunda década del siglo XXI dados los efectos del odio hacia lo diferente y la corrosión política producida por la desconfianza a las instituciones democráticas. La corresponsabilidad entre gobernantes y gobernados para superarla es, sin duda, un reto para los países del nuevo mundo en el inicio de este quinquenio.

Ana CarolaTraverso-Krejcarek es socióloga y planificadora urbana. Su principal tema de estudio han sido los procesos de planificación urbana y regional bolivianos. Ha trabajado para organizaciones públicas, privadas y sin fines de lucro en Latinoamérica y Estados Unidos.

José Orlando Peralta Beltrán politólogo de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM), Santa Cruz-Bolivia. Maestría en Administración Pública y Gobierno Autónomos (Universidad Santiago de Compostela 2009-2010- España).
www.latinoamerica21.com

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