Desde marzo de 2025, el Banco de México inició un ciclo de relajación monetaria que ha reducido la tasa objetivo desde 9.50% hasta 7.00% en febrero de 2026. La decisión más reciente —mantenerla sin cambios por primera vez desde el inicio de los recortes— ha reforzado la expectativa de una pausa prolongada, con mercados anticipando estabilidad al menos hasta el segundo trimestre y un cierre de 2026 cercano a 6.50%. La decisión de detener los recortes en 7.00% sugiere que el banco central reconoce los riesgos. El mercado interpreta esta pausa como una señal de cautela: avanzar hacia tasas más bajas, sí, pero sin comprometer la convergencia inflacionaria.

El movimiento parece coherente con la trayectoria de los precios. La economía cerró 2025 con una inflación general de 3.69%, ya dentro del rango de variabilidad del objetivo del banco central; sin embargo, por componentes los resultados no son del todo alentadores, la inflación subyacente se ubicó en 4.33%, impulsada principalmente por los servicios, mientras la no subyacente lo hizo en 1.61% gracias a reducciones en frutas y verduras (-5.62%) y un avance moderado de los energéticos (2.19%). Lo anterior indica que la moderación inflacionaria observada proviene de componentes volátiles, no de los más persistentes. En otras palabras, el progreso podría ser más frágil de lo que sugieren los anuncios.

Para 2026, el banco central prevé una inflación general de 3.95% y subyacente de 4.12%, cifras que implican una convergencia lenta hacia el objetivo. Bajo este escenario, recortar tasas no es necesariamente un error, pero sí una apuesta riesgosa en cierta manera.

Ahora bien, el contexto internacional parece favorable. El Fondo Monetario Internacional estima que la inflación mundial descenderá a 3.8% en 2026. Sin embargo, esta narrativa optimista convive con tensiones que podrían revertir la tendencia. En Estados Unidos, la inflación subyacente se ubicó en 2.5% en enero de 2026 y la Reserva Federal anticipa un cierre de año de 2.4%. A primera vista, el mandato de estabilidad de precios parece bien encaminado.

Pero hay un factor que podría cambiar el panorama: la política comercial. Los aranceles impulsados por Estados Unidos elevaron la tasa efectiva promedio sobre importaciones estadounidenses de 2% a 18% desde 2025. Hasta ahora, el impacto inflacionario ha sido limitado —el IPC se mantuvo alrededor de 2.7% anual y el desempleo subió apenas a 4.6%—, pero la evidencia histórica sugiere que estos efectos suelen materializarse con rezago.

En el contexto de los aranceles a las importaciones, a medida que empresas y minoristas trasladen costos a los consumidores durante 2026, la inflación estadounidense podría repuntar hacia un rango de 2.7% a 3%. De ocurrir, la Reserva Federal enfrentaría un dilema clásico: sostener tasas altas para preservar credibilidad o flexibilizar para evitar una desaceleración económica, derivado del doble mandato que tiene.

Es importante señalar que la política monetaria mexicana no opera en aislamiento; en gran medida, importa el ciclo estadounidense. Reducir demasiado rápido el diferencial de tasas podría detonar una depreciación cambiaria y reactivar presiones inflacionarias vía importaciones.

En este contexto el Banco de México también está ante un dilema más estratégico que técnico. Por un lado, mantener tasas demasiado altas podría frenar el crédito, la inversión y el consumo en un entorno de crecimiento moderado. Por otro, relajarlas prematuramente podría obligar a un endurecimiento posterior, un escenario históricamente más costoso para la estabilidad financiera.

El riesgo más importante es la inflación de servicios que ha venido persistiendo con fuerza y que podría agravarse por el Mundial de Futbol. Este componente suele estar ligado a salarios y presenta mayor inercia, lo que significa mayor lentitud en su descenso y tiende a reaccionar más a la demanda interna que a shocks externos.

Si esta rigidez coincide con un repunte inflacionario en Estados Unidos —ya sea por aranceles, mercado laboral o tensiones geopolíticas—, México podría enfrentar una doble presión: cambiaria y doméstica. Más aún, la credibilidad del banco central está directamente vinculada al costo financiero del país. Una pérdida de confianza elevaría las primas de riesgo de la deuda soberana, encareciendo el financiamiento público y privado. Por ello, el mayor desafío para Banxico no será decidir cuándo recortar nuevamente, sino resistir la tentación de hacerlo antes de tiempo. Para México, la reputación de la política monetaria y del organismo central no es solo un activo técnico; es un pilar de estabilidad macroeconómica.

Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

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