La reciente depreciación del peso frente al dólar no es propiamente un episodio de fragilidad macroeconómica interna, más bien es reflejo de un reacomodo financiero global en un entorno de mayor aversión al riesgo. El conflicto en Medio Oriente —que se ha alargado y complicado— ha reactivado los mecanismos conocidos como “flight to quality”, fortaleciendo al dólar y presionando a las monedas emergentes. A este choque externo se suma un factor interno relevante: el sorprendente reinicio del ciclo de relajación monetaria por parte del Banco de México, que reduce el diferencial de tasas, dada la inacción de la Reserva Federal y con ello, parte del atractivo financiero del peso.

Sin duda, el origen de la presión cambiaria se encuentra en el entorno internacional. La escalada del conflicto en Medio Oriente ha elevado la incertidumbre global y con ello, la demanda por activos de refugio, entre los que destacan los metales y el propio dólar. El índice dólar (DXY) registró un fortalecimiento de 1.42% durante marzo de 2026, ubicándose cerca de 99.8 puntos, reflejando una recomposición de carteras hacia activos denominados en dólares. Este movimiento ha venido acompañado de un repunte en la volatilidad financiera. En este contexto, las monedas emergentes —incluido el peso— tienden a depreciarse no necesariamente por debilidad interna, sino por ajustes globales de riesgo.

A ello se suma el componente inflacionario del conflicto. Los precios del petróleo se han elevado significativamente: el 2 de abril el Brent llegó a 109.35 dólares por barril y el WTI a 111.54. En el caso de la mezcla mexicana, el precio cerró en 105.72 dólares, fenómeno de alta volatilidad cuyos principales efectos inmediatos incluyen contribuir a presiones en los precios e incrementar la fortaleza del dólar.

En paralelo, el indicador de riesgo soberano (EMBI) para México se elevó a 2.43% hacia finales de marzo, reflejando un incremento en la prima de riesgo, si bien todavía en niveles tolerables y lejos de episodios de estrés sistémico. Es de destacar que el aumento del riesgo país parece responder más a factores globales que a un deterioro estructural interno.

La respuesta de los mercados financieros ha sido consistente con un episodio de aversión al riesgo. El tipo de cambio ha mostrado episodios de alta volatilidad —con variaciones que alcanzan niveles de 16.67% en ciertos períodos— y cotizaciones que han superado los 18.10 pesos por dólar. Lo anterior repercute en el comportamiento de los inversionistas especulativos que hacen “apuestas” sobre el valor futuro de la cotización, implicando mayor volatilidad en el movimiento de los capitales “golondrinos”.

Por el lado del análisis interno, destaca la política monetaria. El Banco de México decidió recortar su tasa de referencia en 25 puntos base, ubicándola en 6.75%, en un contexto en el que la Reserva Federal mantiene tasas en el rango de 3.5-3.75% y la inflación general se aceleró a 4.63% en la primera quincena de marzo de 2026, si bien impulsada principalmente por el componente no subyacente más que por el subyacente. No obstante, las expectativas inflacionarias para el cierre de 2026 han aumentado a 4.22% (encuesta de Banxico a especialistas en marzo), lo que introduce un elemento de cautela. Si estas expectativas continúan deteriorándose, el margen de maniobra de la política monetaria podría reducirse, con implicaciones directas sobre el tipo de cambio.

La interacción de estos factores permite entender por qué el peso se ha depreciado sin que ello implique una crisis cambiaria como tal. Un escenario base de estabilización ubicaría la paridad en un rango de 18.0 a 19.2 pesos por dólar, condicionado a una contención del conflicto geopolítico, estabilidad del dólar y un proceso gradual de recortes por parte de Banxico. Un escenario de depreciación moderada —con niveles entre 19.5 y 20.5— podría materializarse si se intensifica el conflicto, aumenta la aversión al riesgo y se acelera la reducción del diferencial de tasas. Finalmente, un escenario en el que se recuperan los niveles previos e incluso continúe la apreciación del peso, requeriría una solución rápida y satisfactoria del conflicto, la reactivación de flujos de “carry trade” y una consolidación del proceso desinflacionario alcanzándose de manera más rápida el objetivo.

La depreciación observada en las últimas semanas responde principalmente a factores exógenos, si bien la política monetaria interna introduce un margen adicional de vulnerabilidad que podría amplificar la incertidumbre en los próximos meses. Ciertamente, el entorno es más frágil y condicionado por la volatilidad que está tomando carácter de permanente, por lo que se requiere cautela y vigilancia estricta.

Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

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