El modo en que un líder ejerce el poder a escala micro, en su círculo de relaciones personales, se reflejará seguramente en el estilo autoritario o democrático que ejercerá en esferas de poder más amplias. Pero, además, la dinámica de poder en el círculo estrecho del líder, marcará fuertemente cuál es su relación con la realidad. ¿Cuál es el trato del soberano con sus subalternos inmediatos? ¿Dialogan y mantienen opiniones diversas sin recibir sanciones? Seguramente será un gobernante con estilo democrático y realista. Por el contrario, ¿los secuaces obedecen sin más, y cuando opinan sólo lo hacen para reforzar la posición del soberano?, ¿Repiten convencidos que todos los días llueve en el desierto de Atacama, porque así lo dice su líder? Entonces es probable que se trate de un gobernante con dificultades en percibir los principales problemas y las demandas de los ciudadanos. Es esperable que las “instituciones verificadoras” de la verdad, como la justicia y los medios de comunicación críticos, tengan dificultades.

Los liderazgos autocráticos actuales, en expansión, poseen un componente perturbador que tiene su origen en las doctrinas totalitarias: la verdad como creación del poder, es decir, líderes que disputan con la “verdad política”, la verdad fáctica, y cuyo cemento es la realimentación producida por el líder y sus secuaces cercanos.

En esta época, en que se conjugan grandes egos políticos con raquitismo doctrinario; el capricho narcisista es el ingrediente común que une a políticos autocráticos de diversas posiciones ideológicas. El problema de los liderazgos autocráticos no consiste en que sus políticas sociales sean conservadoras o de izquierda, sino en atentar contra los mecanismos básicos de la democracia liberal: la efectiva pluralidad de los medios de comunicación, y el desempeño autónomo de los organismos judiciales.

Como bien advirtiera Norberto Bobbio, lo contrario de la democracia no es la derecha ni la izquierda, sino el autoritarismo: regímenes democráticos son compatibles con gobiernos de izquierda y de derecha. Lo que daña a la democracia es la intolerancia, el no reconocimiento de la legitimidad política del adversario.

Sin embargo, la difícil relación del líder autocrático con la verdad, le pone tres obstáculos en sus posibilidades de éxito duradero. El primero guarda relación con lo que Max Weber consideraba un defecto grave del político, la vanidad, causante del peor mal: la irresponsabilidad política.

El segundo obstáculo proviene de la obsesión del líder autocrático en polarizar la sociedad, de tal modo que quienes le apoyan son considerados ciudadanos legítimos y quienes lo critican, ciudadanos espurios. Esta polarización radical conduce a la ineficacia de las políticas públicas.

El tercer obstáculo, es el alejamiento de la realidad. La invención de “la verdad del líder” se construye en sentido descendente y ascendente. El curso descendente de la creación, negación o distorsión de la realidad, inicia con la afirmación del líder sobre hechos inexistentes, le siguen la aceptación dogmática de su círculo, luego la difusión hacia las distintas esferas de seguidores, y por último, la conversión en dogma de una realidad ficticia que “sólo los necios, o aquellos con intereses espurios”, pueden cuestionar.

Por el contrario, el curso ascendente de invención de la realidad no tiene origen en el líder, sino en los propios súbditos (iniciado en su círculo de origen). El caso Chernóbil es el más famoso por tratarse de la negación de la mayor tragedia nuclear de la historia. El impacto de la negación de la realidad puede llegar a ser un verdadero boomerang. Así, la negación y ocultamiento de la explosión del reactor nuclear en Chernóbil fue para algunos historiadores, como Serhll Plokhy, la causa de la ruptura definitiva de confianza de los ciudadanos hacia el gobierno del Kremlin, y del derrumbe abrupto de la Unión Soviética.

La periodista norteamericana de origen ruso, Masha Gessen, define este mecanismo como "la cultura de informar arriba", típica de la Unión Soviética y ahora de Rusia y del Estados Unidos de Donald Trump: los secuaces inventan una verdad, no para ocultar, sino para informar positivamente al soberano.

La firme convicción del personal de la Administración de la Casa Blanca de vencer en las presidenciales de noviembre, a pesar de la sostenida diferencia de las encuestas a favor de Joe Biden; o la ciega afirmación de haber superado, en abril, la pandemia del Corona virus; no se hacen para ocultar un hecho, sino para satisfacer al líder.

Cuando “la verdad política” se ha creado, soberano y seguidores confluyen, no sólo en el engaño de otros sino, como notó Daniel Ellsberg (quien diera a luz en los 70 la mayor invención de la verdad sobre Vietnam: los papeles del Pentágono), en el propio autoengaño. La mentira que asciende y desciende crea el espejo del autoengaño, reflejando el mundo ficticio del soberano narcisista, donde los habitantes del poder autocrático pueden ver que, efectivamente, la lluvia inunda a diario el desierto de Atacama.

Politólogo

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