El fantasma del hambre

Juan Ramón de la Fuente

No sé qué es más alarmante: la magnitud del sufrimiento que el hambre genera o la indiferencia con la que reaccionamos

Si no alimentas a las personas, alimentarás los conflictos, le escuché decir hace poco a David Beasly, Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU. Cuánta razón y qué grave resulta que, en pleno siglo XXI, el fantasma del hambre recorra de nueva cuenta el planeta, al menos en 30 países. El PMA recibió el Premio Nobel de la Paz en 2020. Tan sólo el año previo habría llevado asistencia alimentaria —considerada como crítica— a cerca de 114 millones de personas

El hambre aguda y la hambruna son etapas de un mismo proceso que se ha acentuado, entre los conflictos armados (que no cesan), el cambio climático y la pandemia por Covid-19. Los focos rojos se han encendido en países como Yemen, Sudán del Sur, Somalia, Etiopía y la República Democrática del Congo, entre otros. Pero el problema no se limita sólo a África. Afganistán y Siria también están ya en el radar. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en América Latina, una región gravemente afectada por el cambio climático y la recesión post Covid, los países en riesgo de padecer inseguridad alimentaria son Guatemala, El Salvador y Honduras, junto con Haití y Venezuela.

A nivel global, durante el último año, el número de personas en condiciones de inseguridad alimentaria se duplicó: pasó de 135 a 270 millones. Se estima que cerca de 34 millones de personas están en riesgo real de morir de hambre. En Yemen, un país en el que, para fines prácticos, la hambruna ya se hizo presente, es posible que mueran por esta causa 400 mil niños este año. El ciclo que se retroalimenta entre violencia-cambio climático-hambre-desplazamientos forzados, ha quedado más claro que nunca. Cada uno es causa y efecto a la vez.

Así como la inseguridad alimentaria y la hambruna son factores importantes en el surgimiento y la exacerbación de los conflictos armados, también lo son la disrupción en la producción, el procesamiento o la distribución de alimentos, y su acceso inequitativo. Unos y otros incrementan los agravios económicos y las disparidades sociales. Todos y cada uno tienden a desencadenar escenarios de violencia, especialmente en los contextos más frágiles.

También la pandemia por Covid-19 ha dejado graves secuelas tanto en la producción como en la distribución de alimentos. Las poblaciones vulnerables han sido las más afectadas.  Por ejemplo, antes de la pandemia, según estimaciones de la propia FAO, el 10% de la población mundial ya sufría de desnutrición. Es el triste ejemplo de una población vulnerable, cuya condición se agravó con la pandemia. Pero son los conflictos generados por los propios seres humanos los que más daño han hecho en estos tiempos, y los principales causantes de las hambrunas. Tan sólo en el último año, 40 millones de personas, en entornos frágiles,  se han sumado a las filas de la pobreza extrema como consecuencia de los conflictos armados.

En América Latina y el Caribe, los desastres naturales derivados de la crisis climática dislocan de inmediato las cadenas alimenticias y, aun cuando se trate de efectos transitorios, pueden generar situaciones graves de inseguridad alimentaria en poco tiempo. Tal fue el caso de la crisis humanitaria que dejaron los huracanes Eta e lota en Centroamérica. Dañaron grandes extensiones de tierra de cultivo e infraestructura básica, incluida la del transporte. Se desplomó la cadena de suministros, aumentaron los precios de los alimentos, apretó el hambre y vino la estampida: se multiplicaron los migrantes, resurgieron las caravanas, se saturaron los albergues y los focos rojos se encendieron en Washington.

De ahí la importancia de revitalizar el Plan de Desarrollo Integral propuesto a instancias de México, con el apoyo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y la participación de los tres países del triángulo del norte centroamericano. La coyuntura puede ser propicia para que los Estados Unidos y la Unión Europea lo respalden, más allá del discurso. Es obvio que se requieren muchos más recursos de los que se disponen, pero mientras no se asuma que el hambre es el principal motivo de la migración desordenada e irregular que ocurre en nuestra región, de sur a norte, mucho me temo que las medidas de contención que se adopten seguirán siendo insuficientes.

La inseguridad alimentaria también afecta desproporcionalmente a las mujeres y a las niñas. La propia FAO ha señalado que en países de bajos recursos, las mujeres ocupan el 48% del trabajo en la agricultura, pero tienen menos acceso que los hombres a los recursos financieros. De tal suerte que, si no se aborda el problema con una clara perspectiva de género, no se erradicarán ni el hambre, ni la violencia, ni los desplazamientos humanos involuntarios.

No sé qué es más alarmante: si la magnitud del sufrimiento que el hambre genera hoy en el mundo, o la indiferencia con la que reaccionamos los que no sufrimos hambre. Hablar de hambruna en estos tiempos no es un asunto que nos remonte a los tiempos bíblicos. Ya no son las plagas los causantes. Lo son las guerras, el ambiente erosionado, la pandemia. Es algo que está ocurriendo en tiempo real en muchas partes. Si la privación deliberada del acceso a alimentos constituye un crimen de lesa humanidad, la simple noción de niños muriendo de hambre en cualquier lugar debería, al menos, pesar gravemente en nuestra conciencia. Las cifras disponibles en los informes que he comentado me llevan a concluir que no, no estamos frente a un fantasma. Estamos frente a una realidad irreconciliable.

 

Embajador de México ante la ONU.
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