El pasado 11 de marzo, hace apenas 47 días, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la epidemia de Covid-19 alcanzaba proporciones globales. A partir de entonces se le denominó pandemia, a pesar del susto que la palabra genera, y muy a pesar de las consecuencias económicas y sociopolíticas que todo ello produce. Técnicamente, tal declaratoria pudo haberse adelantado algunos días. Era inminente en cualquier caso. La cuarentena entró en vigor en una porción estimable del planeta. Las zonas urbanas de manera señalada.

En materia de salud, el saldo aproximado de la pandemia, a la fecha, son tres millones de casos confirmados y doscientos mil muertos, en números redondos. Desde un principio me pareció que había que tomar todas las cifras con reserva. Hoy lo reitero. No reflejan la realidad. Hay un subregistro tanto de casos como de muertes, y ya no digamos de los llamados recuperados. Hoy se estima que debe haber muchas, muchísimas personas que se contagiaron, pero nunca desarrollaron la enfermedad. Nunca fueron “casos”. No guardaron cuarentena. El sistema de salud no los detectó, y al pasar inadvertido su propio contagio, contagiaron a muchos más, no sabemos a ciencia cierta a cuántos.

La cuarentena es una condición intermedia entre el distanciamiento físico (insisto, no tiene por qué ser social, ni menos aún afectivo) y el aislamiento. La cuarentena es una medida preventiva para proteger a las personas que no están enfermas, pero que han estado expuestas al virus. Implica restringir actividades. Autocontener tu derecho a la libertad de movimiento, en aras de preservar tu salud y la de los demás. Trabajar a distancia si es posible. El aislamiento como tal se reserva para los enfermos, en tanto que el distanciamiento físico debe ser para todos sin excepción, por lo pronto y no sabemos hasta cuando.

En esta pandemia, la OMS recomienda una cuarentena de dos semanas si estuviste expuesto y no desarrollaste síntomas. Pienso que mientras dure la fase más crítica de la contingencia, la de mayor transmisibilidad (lo cual varía no sólo entre países sino entre regiones de un mismo país), y si tus posibilidades lo permiten, es conveniente mantener la cuarentena un poco más de tiempo. No todos pueden, pero si tu puedes, quédate en casa. Es una forma de autocuarentena.

Las definiciones técnicas en las pandemias son importantes. Nos ubican en el contexto, en el espacio y el tiempo forzados por circunstancias externas. Sin embargo, no dejan de tener implicaciones restrictivas. Por más que las razonemos y decidamos asumirlas voluntariamente, nos limitan. Nos afectan a todos, pero no nos afectan a todos por igual. La cuarentena se vuelve mucho más llevadera, a pesar de todo, si empiezas por tener claro que hay personas que no se pueden quedar en casa porque no tienen casa. Que hay muchas más, que no pueden trabajar a distancia porque su trabajo es forzosamente presencial y, además, si no trabajan hoy, no comen mañana. La pandemia deja al desnudo nuestra realidad. La cuarentena, en este contexto, es más un privilegio que una imposición.

Es natural que la pandemia cause miedo. Miedo a enfermarse o a enfermar a otros. Miedo a morir, a perder el empleo, al quebranto económico o existencial. La cuarentena nos confronta además con cierta soledad que puede ser angustiante. Depende de cómo la vivamos. Puede ser monótona o innovadora, aburrida o entretenida, paralizante o productiva, egoísta o solidaria, etcétera. También es posible que estas y otras categorías, en principio opuestas, acaben conviviendo. A ratos predominan unas y a ratos las otras. No obstante, la cuarentena es una gran circunstancia para aprender, para reflexionar. Para incursionar en nuestras fantasías con menos ataduras. Para reencontrarnos con nuestro pasado e imaginar nuestro futuro ¿Cómo será el futuro? Soy de los que piensa que muchas cosas no serán iguales, pero más allá de los lugares comunes, aún percibo todo muy inestable, demasiado dinámico. Me resulta prematuro hacer pronósticos finos. Pero una preocupación recurrente que tengo es que no aprendamos nada de la crisis. Sería terrible.

En cuarentena se dispara tu tiempo en pantalla. Sea en teléfono móvil, tableta o computadora, da igual. Acabas por hacer todo, o casi todo, en pantalla. Ahí encuentro un riesgo grave, si caes en la monotonía que desgasta. Lo que puedo no hacer en pantalla procuro no hacerlo en pantalla, como leer, escuchar música o incluso hablar por teléfono en lugar de enviar solo textos. Pienso que la pantalla es fantástica y las plataformas disponibles hacen muy distinta la cuarentena de ahora a las de antes. Pero la pantalla también causa fatiga, y no necesariamente una fatiga menor Si usted ha estado trabajando en estos días largas horas —más que de costumbre— bajo esta modalidad, seguramente convendrá conmigo.

Hay una suerte de disonancia que ocurre al mantener tu cuerpo siempre en el mismo sitio (frente a la pantalla) y desde ahí interactuar con personas y espacios muy disímbolos. No estamos acostumbrados a ello. Habitualmente tu trabajo tiene un espacio propio, que no es en el que convives con tu familia o tus amistades. Cuando todo ocurre en el mismo sitio, se nos escapa la dimensión espacial, y quizá un poco también la temporal. Los fines de semana, por ejemplo, han dejado de ser los de antes. ¿Qué tan significantes llegan a ser estos cambios forzados por la cuarentena? No me parece que lo sean mucho si son experiencias transitorias. De hecho, creo que enriquecen nuestras perspectivas sobre nosotros mismos y sobre los otros. Pero si esto llegara a ser una realidad más permanente, imagino consecuencias más complejas. La vida cotidiana en pantalla es menos relajada, se vuelve más performativa y exige un nivel de concentración mayor para cualquier tipo de interacción. Por eso fatiga.

Soy de los que piensa que vamos acabar ganando la batalla contra esta pandemia. Llegarán las vacunas y los medicamentos realmente seguros y eficaces. Aprenderemos a usar los anticuerpos, naturales y clonados, que salvarán muchas vidas. Conoceremos mejor por qué en algunas personas la reacción fue más severa que en otras. Cuando todo esto ocurra, que será sin duda muy bueno, comprobaremos también qué tanto cambió el mundo. Qué tanto se extendieron la pobreza y la desigualdad. Y más allá de los estragos económicos, de qué tamaño es la deuda moral y política.

Ya no habrá entonces cuarentena. Ignoro cuál será el costo que acaben pagando las democracias, los organismos internacionales, los estados y las empresas. El mundo que algunos creyeron tener controlado resultó mucho más frágil de lo que pensaban. ¿Será necesario un nuevo proyecto de futuro? En lo colectivo pienso que sí, y en lo individual no tengo dudas.

Confinada nuestra libertad por la cuarentena (así haya sido transitoriamente), no podemos ignorar tampoco la enorme desigualdad que el coronavirus dejó a la intemperie. De aquellos ideales en los que creímos y con los cuales crecimos nos queda la solidaridad. Al diablo con la manipulación del discurso y la mentira política. Me quedo con la utopía de un mundo en el que todas las vidas cuenten por igual, sin que se le ponga precio más bajo a los cuerpos más viejos. Un mundo en el que se reconozca la dignidad que cada una de las personas merece, precisamente por sus diferencias. En fin, pienso que la cuarentena nos ha dado la oportunidad de repensar la pandemia desde una perspectiva que se antoja improbable sin ella.

Pd

 Agradezco la cercanía afectiva que me acompañó durante estos días. Lo afectivo fue efectivo. Muchas gracias. Confirmo que mis resultados del laboratorio han sido negativos al Covid-19 en dos ocasiones.

 

Embajador de México ante la ONU

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