La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que las y los adolescentes en todo el mundo han experimentado un deterioro en su salud mental durante la última década. Al mismo tiempo, ese periodo ha estado marcado por la expansión acelerada de internet, las redes sociodigitales, las aplicaciones y, más recientemente, desde 2022, los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT, Gemini o Claude. En este contexto, la pregunta se vuelve inevitable: ¿estamos ante una correlación espuria (relación aparente, pero falsa) o frente a una transformación más profunda en la forma en que la digitalización de la vida incide en la salud mental de las juventudes?
En México, la relación entre tecnología y salud mental aparece como una cuestión que merece ser observada con mayor detenimiento. Por un lado, la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2024 muestra que el grupo de 18 a 24 años es el que más utiliza internet, con un 97%; es decir, prácticamente todos. Por otro lado, la depresión concentra entre el 35% y el 40% de las consultas en salud mental infantil y juvenil, mientras el sistema de atención sigue siendo insuficiente: de acuerdo con la Asociación Psiquiátrica Mexicana, solo uno de cada cinco pacientes con trastornos mentales recibe tratamiento. A esto se suma que la Ensanut 2022 reporta un aumento en la ideación suicida entre la población joven. Finalmente, los casos mediáticos de violencia protagonizados por jóvenes en distintos puntos del país aumentan las alarmas en dicha relación (redes y salud mental).
¿Qué relación hay entre el uso de redes, algoritmos e inteligencia artificial y salud mental? Si hace unos días Meta y YouTube fueron declarados negligentes en la construcción de plataformas digitales que fomentan la adicción, fue solo la puesta en acto jurídico de lo que las ciencias, desde las neurociencias, pasando por la sociología y hasta la psicología, llevan explicando con lujo de detalles. Hay investigaciones tan diversas como preocupantes: desde la disfuncionalidad del sistema de recompensa cerebral por usos excesivos e intensivos, la activación de la amígdala, la violencia, la radicalización en entornos digitales, el estrés, la ansiedad, el insomnio, la falta de socialización, entre otros.
Hay estudios de todos los colores. Sin embargo, más que detenernos en solo cifras, vale la pena pensar en un ejemplo sencillo. Imagine que su cerebro tiene una “bodega” o varias “bodegas” de neurotransmisores: sustancias clave en la regulación del estado de ánimo. Las produce el cuerpo (de muchas maneras) o llegan artificialmente y las almacena. Para que estas salgan de esas “bodegas” no basta con que estén ahí; se requieren señalizaciones, rutas y mecanismos de transporte que sostengan el movimiento en un “circuito”. Todo ese sistema está mediado por el valor hedónico de los estímulos, es decir, por qué tan recompensante nos resulta algo. A usted puede resultarle más hedónica una hamburguesa que una pizza; a mí, en cambio, no. El placer no está en el objeto, sino en cómo cada quien está “cableado-señalizado” para experimentarlo.
Para que entendamos la importancia del valor hedónico, el 70% de las personas con depresión (en sus diferentes niveles) presenta anhedonia (disminución del interés o placer en todas o casi todas las actividades la mayor parte del día); cuando el sistema que organiza qué nos recompensa se altera, no es extraño que aparezcan dinámicas de enganche persistente o de desvinculación con aquello que antes importaba.
Bien, el scroll (infinito, fragmentado y siempre disponible) tiende a monopolizar ese valor hedónico: concentra la señal, captura la atención y reorganiza, poco a poco, nuestras expectativas de recompensa. También se ha demostrado, aunque suene a canción, que la expectativa de recompensa nos recompensa más que la recompensa, aunque algunas veces nos equivoquemos. A lo anterior se le ha denominado, por Schultz, W. (2016), error de predicción de recompensa. Haciendo esto que otras cosas dejen de interesarnos o, dicho de otra manera, pierdan valor; por ello, el uso excesivo de redes y de inteligencia artificial como señala Phang et al (2025) tiende a generar inactivación conductual y falta de socialización (“ya no sale de su cuarto”, “ya no ve a sus amigos”, “se la pasa en el celular”, “ya no disfruta nada”, escuchas por ahí).
Ahora, ¿qué pasa con la llegada y masificación de los grandes modelos de lenguaje? El tema de la salud mental se complejiza más. Según datos de Harvard Business Review, para el año 2025 el principal uso de la inteligencia artificial generativa fue la “terapia” y la compañía emocional. Lo anterior ha sido estudiado por Yankouskaya et al. (2025) como un elemento que construye dependencias relacionales hacia los modelos de lenguaje, junto con otro tipo de dependencias, como las instrumentales (deudas cognitivas por tareas delegadas en su totalidad, problemas de funciones ejecutivas, memorización).
Pensando que en México pasa lo mismo que en las tendencias de Estados Unidos (casi un tercio de los adolescentes estadounidenses afirma hablar con una IA en lugar de con humanos para conversaciones profundas sobre sus sentimientos), tenemos una multitud de adolescentes cuya única gestión emocional es el intercambio de prompts con ChatGPT. En un reciente número de marzo de 2026 de la revista Science, Cheng et al. (2026) presentan un trabajo en el que concluyen que los 11 grandes modelos de lenguaje más usados generan respuestas (salidas, outputs) que fueron casi un 50 % más aduladoras que las de los humanos, incluso cuando los usuarios participaban en comportamientos poco éticos, ilegales o perjudiciales. Lo anterior disminuye conductas prosociales (para los otros), el juicio autocrítico, refuerza creencias desadaptativas, reduce la asunción de responsabilidad y desalienta la reparación de comportamientos “dañinos” hacia otros. El dato más revelador del estudio es que estos modelos reforzaron el 51 % de los casos en los que el consenso humano no lo hace (0 %). Imaginen la escena: multitudes de jóvenes siendo validados y amplificados emocionalmente por sistemas aduladores. Una fábrica silenciosa que, en los casos más extremos, puede producir narcisismo (por exceso de adulación) y violencia (por falta de autocrítica).
El problema de salud mental es ya, en muchos sentidos, un asunto de salud pública. Sin embargo, las respuestas institucionales en México históricamente han tendido más a la burocratización que a la atención efectiva. Un ejemplo de ello es la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (CONASAMA) (que se lleva casi todo el presupuesto de salud mental en el país). Si bien estos esfuerzos buscan ordenar y coordinar “la política pública en la materia”, en la práctica han ido acompañados de resultados a todas luces insuficientes (no por la institución como tal, pues hace lo que puede), sino por la falta de estrategias integrales e interdisciplinarias, opacidad en los indicadores y de una transferencia implícita de responsabilidades hacia las universidades, las escuelas, las profesoras y profesores, las familias y hasta las mismas juventudes, que terminan absorbiendo una carga para la cual no cuentan con los recursos (de todo tipo) necesarios. La OMS recomienda que el 5 % del presupuesto se invierta en salud mental; en México, para 2024, se invirtió el 1.3 %. Tenemos un gran problema.
Fuentes
https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health
https://www.science.org/doi/10.1126/science.aec8352
https://unamglobal.unam.mx/global_revista/cerebro-redes-sociales/

