Vivir, amar y temer en la nueva covidianidad…

Juan Pablo Becerra-Acosta M.

Pregunté en Fundéu BBVA, Fundación de Español Urgente asesorada por la Real Academia Española, cuyo objetivo es el buen uso del español en los medios de comunicación, si el neologismo “covidianidad”, acrónimo de covid y cotidianidad, es una palabra válida. Me respondieron: “Es un término correctamente formado a partir de Covid-19 y cotidianidad, para referirse a la cotidianidad con la Covid-19”.

Pregunté en Fundéu BBVA, Fundación de Español Urgente asesorada por la Real Academia Española, cuyo objetivo es el buen uso del español en los medios de comunicación, si el neologismo “covidianidad”, acrónimo de covid y cotidianidad, es una palabra válida. Me respondieron: “Es un término correctamente formado a partir de Covid-19 y cotidianidad, para referirse a la cotidianidad con la Covid-19”.

Entonces, lo primero en esta nueva covidianidad, en esta nueva dimensión, en esta realidad reseteada con nombre de robot (SARS-Cov-2), mientras no exista una vacuna y un tratamiento eficaz para combatir eficientemente las gravedades de la Covid-19, será la aceptación de nuestras emociones: coexistir con el miedo. Habrá que gobernarlo, evitar que derive en pánico, paranoia, misantropía, síndrome de la cabaña, que es negarse a salir del hogar porque, con cierto grado de huraño, uno encuentra que está mejor y a salvo en casa.

Procesado el temor, ya dispuestos a salir a las calles, ¿cómo es y será la nueva realidad? ¿Cómo hay que imaginarla, diseñarla, concebirla? ¿Tendremos un mundo cada vez más aséptico, frío y maquinal, como si se tratara de una serie de ciencia ficción donde el contacto humano casi está proscrito?

Y ya afuera, ¿cómo van a ser las cosas, cómo están transcurriendo? Por ejemplo, ¿quiere usted ir al cine? Lo primero será la competencia: a ver quién entre Cinépolis y Cinemex brinda la mejor seguridad, el mejor gel. Quién desinfecta mejor los asientos y quién deja más espacio entre las butacas. A ver quién despacha con más pulcritud los alimentos, las golosinas, y quién pone gel en los descansabrazos de los espectadores.

En los aviones, ya vimos que a las aerolíneas eso de la sana distancia les importó poco: todos los pasajeros siguen siendo apretujados como sardinas. Que digo sardinas: como garapiñados con tapabocas. Tres horas de vuelo rezando para que no estornude ni escupa al hablar algún asintomático que ande por ahí en los asientos contiguos. Tache.

En un restaurante, ¿cómo sé que lavaron bien los cubiertos? ¿Y los platos? ¿Y los vasos? ¿Y el lavaplatos no estornudó sobre ellos? ¿Ni el chef, la cocinera, el pinche o el mesero sobre la comida? He visto que en los restaurantes la mayoría se despoja del cubrebocas, alegando que es para beber y comer. Sí, pero se lo podrían poner de nuevo entre bocado y bocado, entre sorbo y sorbo. ¿O exagero? Si vieran a un paciente contagiado del virus como he visto yo, se pondrían googles y caretas además del tapabocas, y pedirían para llevar.

¿Y el valet parking? ¿Tosió el acomodador dentro del coche, o no? ¿Impregnó el volante y las llaves de virus? Qué rollo. Maldito bicho, todo lo que la cabeza empieza a elucubrar…

Pero bueno, en cosas realmente importantes, en asuntos costumbristas de gran relevancia: ¿cómo van a funcionar el romanticismo, la seducción, el amor y el sexo? Si usted, que está leyendo estas líneas, es soltera-soltero, y le gusta alguien y quiere conocerla-conocerlo, ¿cómo le va a hacer? ¿Ahora vamos a intercambiar exámenes médicos de coronavirus antes de salir con alguien? “Oye, te invito a cenar, pero, ¿te has hecho recientemente análisis? ¿Cuándo? Ah. Ya. ¿Y saliste negativa? Ok, pero, ¿desde entonces has salido a la calle? ¿Has estado en zonas de semáforo rojo? Va. Te mando por WhatsApp mis resultados y mándame los tuyos”. ¿Y usted se va a atrever a besar a alguien luego de ir a cenar? ¿O los labios nada más se sentirán a través de cubrebocas?

El amor y la amistad en tiempos del coronavirus implicarán un nuevo conservadurismo, un recato muy marcado. La distancia, la castidad, y dado el caso, la absoluta fidelidad. Quién lo dijera: la Iglesia más conservadores, feliz con este demonio de bicho. Qué días, por Dios, hay que rezar…

[email protected]
Twitter: @jpbecerraacosta

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios