Sangre, voces y miedo en la vecindad de Cuba 86…

Juan Pablo Becerra-Acosta M.

—Sí da miedo, pero qué hacemos. ¿A dónde nos vamos?

Este viernes entré a la vecindad de República de Cuba 86, en el Centro Histórico de Ciudad de México. Aquí, en uno de los cuartos que hay en la azotea, es donde presumiblemente torturaron, asesinaron y descuartizaron a Héctor, de 14 años, y a Alan, de 12 años, niños de origen mazahua que vivían a una cuadras del lugar (https://bit.ly/352fYT4).

Entro a la vecindad para buscar la mazmorra criminal y al fondo del patio me topo con un enorme altar con dos vírgenes, la virgen María y la guadalupana. Qué ironía. A la derecha están las escaleras para subir tres pisos. Me detengo: en el primero, segundo y tercer escalones hay manchas y gotas de sangre, algunas todavía muy rojizas. Me explicarán más tarde unos policías que es sangre de los niños que escurrió cuando bajaban sus cuerpos y las bolsas fueron depositadas un momento en ese lugar.

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Bienvenidos a este avejentado palacio del narco terror. Un mudo memorial de la cultura machista mexicana. Da miedo estar aquí. El corazón late a toda velocidad y la adrenalina inunda los sentidos. Silencio. Solo se escuchan mis pisadas. Nadie se asoma en la planta baja ni en el primer piso. Subo al segundo, veo a dos mujeres maduras, “Buena tarde”, digo, “buena tarde”, me contestan sorprendidas, y me sigo hacia la azotea. Me detengo al llegar: un perro, echado en el piso, me observa desde el otro lado del pasillo. Empieza a gruñir, ligeramente, como un ronroneo de advertencia. Es uno de esos perros de pelea color miel, un pitbull. Otro perro ladra. No lo veo, está detrás de la puerta de uno de los cuartos de azotea, de una de las mazmorras. Camino lentamente hacia atrás, bajo al segundo piso, y me aproximo a las mujeres.

Con tapabocas, sus miradas son de miedo.

—¿Vive gente allá arriba o nada más vienen y se van? —les pregunto luego de decirles que soy periodista.

—Pues vivía gente allá arriba, pero con esto… —responde una de las mujeres.

—¿No les da miedo?

—Sí da miedo, pero qué hacemos. ¿A dónde nos vamos?

—¿Ustedes conocían a los niños, los habían visto?

—No. Todos los que vivimos aquí nos dedicamos a trabajar. A lo nuestro nada más.

—¿No oyeron nada cuando los mataron? ¿Gritos? —señalo hacia la azotea, que está a menos de dos metros hacia arriba.

—No. No. Ni cómo meterse. Nosotros nada más nos seguimos, nada más salimos a trabajar y a atender la casa, y ya… -dice la primera mujer.

—¿Con ustedes no se meten, no las amenazan?

Silencio.

—¿No veo nada, no oigo nada?

—No nos queda de otra. Tenemos hijos que cuidar, entonces les enseñamos a que “ustedes a lo suyo”. Entran a lo que entran y salen a lo que salen y ya. Meterse con ese tipo de gente… —deja la frase inconclusa.

—Uno sentencia su propio destino… —secunda la otra mujer.

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Platicamos menos de seis minutos. La temeridad no da para más. Ellas se quedan ahí, a merced de la azotea. Al salir se siente frío. Se siente miedo. Miedo a estar en territorio criminal. Sí, en la orgullosa y moderna Ciudad de México hay zonas proscritas, a tan sólo siete minutos a pie de Palacio Nacional y del Antiguo Palacio del Ayuntamiento.

Miedo. Miedo a que lo sigan a uno y lo aniquilen por la espalda por andar metiéndose ahí. Miedo a que a cualquiera de nosotros le pase lo que a Héctor Efraín Tolentino de Jesús, ese niño de 14 años y 1.40 metros de altura, de pelo negro lacio y ojos negros que cuando lo levantaron portaba una camiseta del Barcelona, un pantalón azul y unos tenis blancos Puma. Miedo a terminar como Alan Yair Silvestre Becerril, ese niño de 12 años de apenas 1.20 metros de altura, de piel morena clara, de pelo negro lacio y grandes ojos café oscuro, que tenía un lunar en la ceja izquierda, y que aquel día llevaba una playera gris con franjas rojo-azul, unas bermudas de colores, y unos tenis negros, y que el lunes tendría que estar estudiando primaria o secundaria, pero no lo hará porque lo torturaron, ejecutaron y despedazaron en la crujía de una azotea chilanga.

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¿Por qué? Qué monstruosas porciones de sociedad hemos engendrado desde hace ya tantos años. ¿O no?
 

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