Esta columna, la primera del 2026, permítame lectora-lector dedicarla a narrar algunas experiencias de fin de año porque, como a veces tecleo por acá, lo privado suele volverse público cuando los temas íntimos se vinculan con asuntos que atañen a las sociedades en su conjunto.
Hace unas semanas, al iniciar la segunda quincena de diciembre, me pasó algo insólito. De la nada, una mujer mexicana, de nombre Itzel Culebro, me buscó en un lugar extraño para mí: Linkedin, plataforma en la que ciertamente estoy, pero muy rara vez uso. Me envió un correo y me dijo que quería que conociera a un socio suyo, un pintor catalán, el cual estaría en México por esos días. Le dije que me resultaba imposible, pero que casualmente la tercera semana yo estaría en Barcelona. Respondió que me esperaban en su estudio el jueves 18 al mediodía. Sospechosista de oficio, dudé de inmediato, pero indagué y quedé estupefacto con lo que hallé. Aterricé el miércoles por la tarde y al día siguiente estaba yo ante Jacob Vilató, quien en el origen de su vida adulta fue un muy exitoso arquitecto hasta que hace no mucho, en sus años 40, rompió con todo y regresó a su bravía esencia infantil, que es pintar con mucha casta. Además de que Jacob (Yeicob, se pronuncia) es soberbiamente talentoso, resulta que es sobrino-nieto… ¡de Picasso! Su abuela fue María Dolores, la hermana menor de Pablo, que fue su primera modelo. En 1909 Lola se casó con el neuropsiquiatra Juan Bautista Vilató, con quien tuvo seis hijos, dos de ellos, José y Javier, pintores también. Otro hijo, Jaime Vilató, padre de Jacob, se dedicó al estudio y atención del cerebro.
Out of the blue, como dicen ciertas estadounidenses, ¿qué demonios estaba haciendo yo en el estudio del sobrino-nieto de Picasso? ¿Por qué me invitaba, sin conocerme de nada pero como si me frecuentara de siempre, para platicar con calidez, sobriamente divertido, y me contaba su historia mientras me mostraba lentamente sus prodigiosas obras y cuadernos cuyo significado, hasta el más íntimo, me confiaba? Yo no soy coleccionista, periodista cultural, ni crítico de arte. ¿Era un misterioso regalo navideño de Miriam Molina, mi madre? Justamente hace un año, el 2 de enero, murió mi mamá, que casi toda su vida adulta se dedicó a promover las artes plásticas. Trabajó en el Museo de Arte Moderno, fue directora del Museo Carrillo Gil, del Museo del Palacio de Bellas Artes, ayudó a muchísimas mujeres y jóvenes a dar a conocer su arte, también se desempeñó como diplomática cultural, e incluso ayudó al restablecimiento de las relaciones con España a la muerte de Franco, pero más allá de todo eso y mucho más como ejemplo de vida pública, le tengo gratitud eterna por todo su adorable amor.
Vuelvo a Jacob. Tuve entonces la desmesurada fortuna de que también me enseñara sus libretas con esbozos e ilustraciones (un amigo mutuo dice que el catalán es capaz de tomar una botella de cátsup y otra de mostaza en algún restaurante y empezar a pintar en un mantel o una servilleta usando cualquier instrumento en calidad de pincel), pero sobre todo me sorprendió de sobremanera que en el fondo hablamos de rupturas existenciales que ayudan a sobrevivir, que dan salida a lo que yace enclaustrado en el alma queriéndose manifestar, y con ello no son referíamos a rompimientos de pareja sino a cambios personales profundos que implican acciones temerarias y morir de muchas maneras para renacer, todo eso mientras yo hacía fotos y pequeños videos a él y sus cuadros, así que la experiencia la viví como el inicio de una fraterna y exquisita amistad.
Y bueno, pues resulta que hace unos días el joven Jacob me mandó un mensaje y, al enterarse de que andaba yo en Nueva York, me dijo que tenía que conocer a un pintor neoyorquino, Ronald Silver, que también tuvo una historia de fuerte ruptura para poder continuar viviendo: pasó de chef bastante conocido y dueño de un restaurante… a pintor. ¿Otro regalo de mi madre cargado de mensajes artísticos? Desayuné salvajemente en su estupendo Bubby’s de Tribeca (Abe Lincoln Breakfast, escogí, imaginé usted la cantidad de cosas que venían en el plato), que es una ricura de cocina estadounidense en desayunos y brunch, con filas y filas de clientes esperando (no había lugar para desayunar o tomar brunch hasta el 15 de enero), y luego el hombre me invitó a su estudio donde charlamos y reímos como si fuéramos compadres de toda la vida.
Después de un buen rato guardó silencio, súbitamente fijó la mirada en un caballete, un cuadro en proceso de una mujer desnuda acostada en una tina, se levantó rápidamente de su sillón y, como si estuviera solo y en trance, se puso a pintar en silencio en un largo momento de inaudita intimidad mientras yo me callaba y grababa todo en mi iPhone.
Me regaló dos libretas, una amarilla y una roja, ambas muy personales con pensamientos e ilustraciones sobre muertes y esencias artísticas, dibujos y textos no aptos para buenas conciencias y almas blanditas, sólo para espíritus sensibles y algo rudos, pero, sobre todo, hablamos honestamente de esas necesarias desencadenamientos existenciales y sus riesgos y dificultades para avanzar en la vida, recorrimos un poco las tentaciones extremas, como las ganas de ajusticiar criminales perversos, y al pie de una estación del Metro, donde nos despedimos y nos abrazamos algo eufóricos, decretamos que una nueva amistad había nacido y prometimos encontrarnos con Jacob, mientras usted va y busca en internet obras de ambos.
Así, al concluir el año yo testimoniaba que ya son dos los rupturistas que andan flotando sobre Ciudad de México, aunque me dicen que pronto serán tres y cuatro en ese movimiento. Usted, lectora-lector, este año nuevo vaya y resquebraje todo lo que pueda hacer estallar en su vida para liberarse, renovarse y besar de nuevo y apasionadamente a la vida, empezando por mandar al carajo a las y los políticos ineptos que vea en su municipio, en su estado o en la República toda.
Ya quisiéramos tener en México un Zohran Mamdani, el alcalde neoyorquino musulmán y de izquierda cuya toma de protesta atestigüé hace unas horas, con la esperanza política de ruptura, liberación y renacimiento que representa para los Estados Unidos subyugado por Trump y su movimiento ultraconservador. Necesitamos en nuestro país una nueva y vigorosa generación de políticas y políticos, pero ya, y no, sorry pero los Andys no cuentan.
jp.becerra.acosta.m@gmail.com
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