Son las seis de la tarde en Sonora. Es martes 24 de marzo. Voy a tuitear un video mientras camino en este paraje ardiente que parece infinito y que no es otra cosa que un cementerio clandestino con 37 grados centígrados en el aire. Llevo en mis manos un hueso de mi hijo que encontramos en una fosa clandestina. Es Marco Antonio, desaparecido desde el 4 de mayo de 2019. Yo no creo que ninguna madre merezca recoger solamente huesos de su hijo. Abrazar solamente huesos. Recoger solamente huesos. Hay huesos dispersos en todo este lugar. Un lugar muy inmenso. Son estos lugares muchísimo muy inmensos. Creo que por todo lo que yo he hecho y todo lo que he encontrado, todo lo que he ayudado hasta encontrar a los delincuentes que desaparecieron a mi hijo mayor, creo que por lo mínimo yo merecía encontrar el cuerpo completo. Pero lamentablemente sólo he encontrado huesos dispersos en este lugar. No está completo el cuerpo de mi hijo. Creo que los animales dieron rienda suelta a su instinto y faltan muchísimos restos que encontrar, pero solamente quiero saber, con una prueba de ADN que me dé una confronta, si es mi hijo; que me dé una evidencia de que sí es mi hijo el que estaba aquí.
Pero por lo pronto solamente me resta abrazar un puño de huesos que he encontrado luego de siete años y que al parecer puede ser Marco Antonio. Lo sé porque donde encontramos los huesos estaba su vestimenta, que la conozco perfectamente: es la vestimenta que mi hijo portaba al momento de desaparecer.
¡Vamos a casa hijo!
Después de luchar contra todo, contra el olvido, contra la apatía, contra la tierra dura, seca por el sol que siempre estuvo ahí, dejando parte de nuestra sangre y piel, llorando para quitarnos el polvo que nos cegaba, porque no había tiempo, porque creía que con cada paso te iba a encontrar con vida, que llegaría a tiempo para protegerte, para abrazarte y darte los besos más bonitos que sólo sabe dar una madre. Yo siempre supe que te encontraría, pasara el tiempo que pasara porque no tenía otro motivo en la vida; me robaron el miedo con tu ausencia, se llevaron mi cansancio con tus heridas.
Me llamo Ceci Flores y hoy localicé a mi niño en la carretera 26 kilómetro 46, en Hermosillo, Sonora, y más que nunca se siente la fatiga. Abrazo tus restos, es lo que me queda, es lo que me dejaron. Vámonos a casa hijo, de donde nunca tuviste que partir. He cumplido mi promesa de encontrarte.
El dolor apenas empieza porque cuando estamos en la búsqueda siempre tenemos la esperanza de encontrar una persona con vida. Ahora es cuando empieza el dolor porque es cuando se acaba la esperanza.
Ya pasaron dos días. Ya es 26 de marzo y son las 8:33 de la noche. Hoy termina el cateo en el predio donde se localizaron los restos que puedo decir sin temor a equivocarme que pertenecen a mi hijo Marco Antonio. Hoy solo me quedará esperar que me sean entregados y poder darle una sepultura digna a mi hijo y darle la paz que por siete años busqué para él, para mí y mi familia. Esperaré con los brazos abiertos a mi hijo para darle el último adiós.
Lo que usted acaba de leer, lectora-lector, es una recreación de lo que Ceci Flores, la madre buscadora, tuiteó esta semana, y una breve charla que tuvo con el colega Pepe Cárdenas en Radio Fórmula.
¿Qué puedo agregar a esos dolores de madre que la desgarran y desuellan? “La escena no solo revela una tragedia personal, sino una herida colectiva”, escribió de forma precisa Amalia Escobar, corresponsal en Sonora de EL UNIVERSAL. Ceci, informa mi colega, ha ayudado a encontrar a más de cinco mil de personas desaparecidas, decenas con vida en lugares inesperados como penales, centros de rehabilitación, alcantarillas.
Pues sí, tiene razón, es una herida colectiva.
La Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora anunció que será hasta dentro de dos semanas cuando se obtengan los resultados genéticos sobre los restos encontrados por Ceci Flores.
“En cada hoyo surcado, sembraste esperanza. Regresen con bien, abraza en sueños a tu hijo, que seguro está orgulloso del espíritu de su madre. Nos encontraste como país”, le tuiteó Adrián Le Barón, otro activista que ha padecido indecibles desgracias.
Ceci, dice Adrián, “nos encontró como país”.
No lo sé.
Quizá esa adolorida madre mutilada de su hijo más bien encontró un país desaparecido, un país desaparecido para decenas de miles de familias que siguen buscando a sus 132 mil 619 ausentes (datos hasta este viernes por la noche).
Cuánta infamia cabe en una cifra.
Es el despiadado México del sicariato, el machísimo México de la narco cultura que carcome a tantos municipios de este país y que mata en vida a tantas madres mexicanas, como a Ceci, que se tiene que abrazar a un hueso.

