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El extraño caso de Dr. Hugo y Mr. López-Gatell…

Juan Pablo Becerra-Acosta M.

Dr. Hugo quería ser un gran servidor público en medio de una desgracia. Mr. López-Gatell tenía planes de exégeta y lo borró.

Permítaseme, lectora-lector (con la venia de Robert Louis Stevenson), el uso momentáneo de lenguaje deportivo… 

En el futbol, en momentos decisivos, como una final, un extraordinario protagonista es un astro. Un genio que, con sus jugadas de precisión, hace la diferencia y gana campeonatos. Un tipo generoso que, con sus pases magistrales, pone medio gol cada vez que su escuadra necesita anotar. Un jugadorazo que estimula y consuela a sus compañeros, y que sabe arengar a las porras. Es un crack, pero entiende que es parte de una orquesta: sin sus compañeros, él es nada. Aunque lleve la batuta, y a veces anote un golazo de antología, es capaz de sacrificarse, ser discreto, sobrio, con tal de que su equipo (o su selección) triunfe. Es humilde con la prensa: acepta las críticas, revisa sus pifias y las corrige, y eso lo convierte en ídolo. 

En cambio, un futbolista tóxico es un tipo sobrado y personalista que, para lucirse, no cede el balón aunque su equipo pierda. La soberbia es lo suyo, adicción que detona su orgullo hasta la iracundia. No reconoce un error: sus tropiezos son culpa del árbitro, de campañas periodísticas o de hooligans imaginarios.

Antes que rectificar, prefiere tejer peroratas con datos de dudosa procedencia, con medias verdades sin pie de página, con zigzagueos provenientes del dogma que defiende. En sus arranques mitómanos, sonríe e ironiza burlonamente, porque está convencido que sus desplantes son vitoreados por multitudes oníricas, que lo colman de halagos.

Lo abuchean y lo muelen a críticas por sus desvaríos que cuestan dolorosas derrotas, pero nada le importa. El entrenador lo protege, porque es igual a él: pendenciero, lo defenderá hasta la ignominia. Se trata, este jugador, de un tipo prepotente, con un marcado complejo de Dios (algunos médicos inestables creen fervientemente que dan y quitan vidas con sapiencia celestial). 

Dr. Hugo bebió la pócima maldita del poder, y Mr. López-Gatell se despeñó en el abismo de su reflejo: el del “mejor funcionario del mundo”, el de rock star de la 4T, ese papel en el que declamaba poesía, le componían cumbias, le fabricaban muñequitos, stickers, souvenirs, camisetas; le llevaban mariachis a Palacio Nacional y le pedían selfies. Absorbido por el remolino de la vanidad exacerbada, se extravió en una imperdonable (por no decir criminal) tozudez: cubrebocas sí, pero no, no hace falta, da falsa sensación de seguridad, digan lo que digan en el resto del mundo, y muera quien muera. Mi presidente, sin cubrebocas, sin mordaza, sin bozal impuesto por los conservadores. Y ahí quedó, mueca torcida, erguido junto al Presidente, petrificados los dos en su machismo sanitario

Dr. Hugo quería ser un gran servidor público en medio de una desgracia. Mr. López-Gatell tenía planes de exégeta y lo borró. Dr. Hugo cometió una pifia descomunal al no obligar al Presidente a cumplir su promesa de someterse a criterios técnicos. Dr. Hugo fue doblegado por el Presidente y sus ansias de domador. Debió renunciar ahí mismo, al primer arrebato de insensatez presidencial. No pudo, no quiso: Mr. López-Gatell lo desdibujó, lo aplastó, y con sus recientes arrebatos, ha sido, en el peor momento de la pandemia (récords de contagios y muertes), un pésimo ejemplo, una inspiración para los covidiotas, un violento insulto para enfermeras y doctores que llevan diez meses sin descansar. 

México padeció sus pifias, que son las del Presidente, y eso costó muchos contagios y vidas. No, no es campaña, ahí están todos los indicadores: México está entre los peores países en cuanto a la gobernanza de la pandemia, incluido el inadmisible primer lugar mundial en personal de salud muerto. ¿Por qué? Silencio. No se hace cargo de nada, todo lo relativiza. 

Dr. Hugo debe emerger de entre residuos de dignidad, de honestidad, y obligar a Mr. López-Gatell a renunciar cuanto antes. Hará un favor al Presidente y no pasará nada: Zipolite lo espera de nuevo… 

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