Eduardo Rabasa comienza de forma original y surrealista su novela El hotel de los corazones rotos (Galaxia Gutenberg, 2025): un joven persigue la botarga de Elvis Presley, su ídolo. Llega a un edificio donde resalta el letrero: “Agallas y Asociados”. Sin pensarlo la vida de Bruno dará un giro. Se enfrentará a desafíos que le plantearán una nueva realidad. Bruno Bolado es un joven de veintiún años. Forma parte de una familia disfuncional y aspira a cumplir su sueño de escribir una radionovela.
El autor sigue una lógica: en la Ciudad de México todo puede suceder, por eso no es extraño imaginar a un joven siguiendo a una botarga. El lector no dudará de lo que se narra debido a la magnífica pluma de Rabasa quien rescata el lenguaje coloquial de los noventa.
El Hotel de los corazones rotos presenta, también, un recorrido singular por una parte de la ciudad, Bruno no solo se mueve a través de las estaciones del metro, Copilco y Etiopía; nos describe la avenida de los Insurgentes; Delfín Madrigal; una parte de Ciudad Universitaria y Coyoacán. El lector conoce el sur de la ciudad y siempre lo hace acompañado, en su mente, por música de Elvis Presley, José José, Nirvana, Blur, Café Tacuba, La Maldita vecindad, Los Fabulosos Cadillacs. La música permite conocer a los diversos sectores de la sociedad, qué es lo que escuchan y cómo se relacionan a través de las canciones. Así sucede el momento doloroso y cómico donde Bruno es golpeado en el piso mientras un grupo de jóvenes bailan “Suspicious Minds”: “Yo me hice bolita como de lado, para protegerme como mejor podía, que la verdad no era mucho, porque ya luego supe que la onda esa de la pecera se trataba de agarrarme a patadas en el piso entre los más que alcanzaran a entrarle.”
Pero, hay otro rostro de Bruno el que describe su sueño de la radionovela y el diálogo con Milena donde aprende de libros, cine y autores. Se exige a él mismo pensar más allá de su realidad para permitirse entender lo que habla la mujer a la que ama.
Y es precisamente la presencia, por momentos difusa, de Milena lo que otorga un sentido diferente a la vida de Bruno, no es la construcción clásica de una relación de amor sino el encuentro de dos personalidades distintas que buscan un momento, aunque fugaz, de sus vidas para unir sus caminos y aprender el uno del otro, abandonar su realidad y sumergirse en un espacio donde únicamente ambos pertenecen.
La otra relación fundamental para Bruno es con “Agallas”, hombre oscuro y escondido siempre detrás del humo del cigarro. Le da un empleo peculiar: animar fiestas utilizando la botarga de Elvis Presley. Sin que Bruno se percate Agallas lo sumerge en su mundo de venganza y odio donde el malestar por su destino le hace buscar la manera de vengarse del Notario, misterioso personaje del que se descubrirá su identidad al final de la historia.
Bruno encuentra que el mejor amigo con quien puede comunicarse es la botarga de Elvis, le sirve siempre su trago de Barcardi y se ponen a discernir sobre su futuro, Milena, su radionovela y todas las dudas que lo atormentan.
El lector curioso se preguntará, al final de la historia, ¿cuánto de Eduardo Rabasa hay en Bruno? También se cuestionará si cada uno de los 27 capítulos forman parte de las entregas de la radionovela que Bruno pretendía escribir y ahora Eduardo Rabasa a narrado de forma esplendida. El autor nos entrega una novela que logra retratar el sentido del humor con elegancia e inteligencia y lo que se consigue cuando hace uso de manera magistral del lenguaje.
Hasta aquí Monstruos y Máscaras…
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