El pasado nunca está muerto, llega hasta nosotros en forma de historia. Nos relata lo que fuimos y nos advierte lo que podemos ser. La humanidad tiende a repetir, de manera recurrente, su pasado, principalmente sus errores; ese tiempo es materia viva que nos alecciona y presenta soluciones a nuestras problemáticas. El pasado y sus ideas tienen la posibilidad de reaparecer manoseadas, modificadas y adecuadas a los fines políticos del presente.

La tradición intervencionista norteamericana tiene una raíz profunda, es una construcción cultural que les ha dado sentido como nación hegemónica. Una de las ideas más fieles a este pensamiento se encuentra plasmada en lo que dijo James Monroe, presidente 5° de Estados Unidos, en 1823: “los continentes americanos no serán considerados, de ahora en adelante, como sujetos de futura colonización por ninguna potencia europea.”

El surgimiento de la idea de “América para los americanos” no incluía a todos los habitantes del continente, sino únicamente a los de Estados Unidos. Ellos tenían el derecho de expandirse por el territorio que se había independizado de las potencias europeas. Por ello surge el “Destino Manifiesto”, una filosofía que platea el lugar en el mundo y la relación que tendrá EE. UU. con otras naciones. Proporcionó la justificación moral y religiosa de la expansión continental. Se apeló a un derecho divino para expandirse por el continente, justificando las anexiones y la violencia en la democracia y la civilización.

Para dimensionar las ideas que hay detrás de este pensamiento, leamos las palabras que John O´Sullivan escribió en la revista Democratic Review: “es tiempo ya de que cesen los estorbos a la anexión a Texas. El cumplimiento de nuestro Destino Manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la providencia.”

Trump encarna la raíz histórica norteamericana. Sus dichos se parecen a los de O´Sullivan. Se sienten dueños de América y sus recursos naturales. Entienden que la mejor herramienta que tienen es el miedo que genera la amenaza de invadir, su principal justificación: los grupos de narcotraficantes que existen, esto sin tomarse el tiempo de analizar que su país es un potencial consumidor de drogas: 51.2% de la población mayor de 12 años las consumido alguna vez en su vida; como si esto no fuera suficiente, las armas con las que se disputa el territorio, el crimen organizado, provienen de aquel país. Su intención no es civilizatoria ni democratizadora, sino cancelar e impedir acuerdos comerciales con Rusia o China, quienes le disputan la hegemonía económica y militar mundial; y de paso hacerse de los recursos naturales de las naciones.

El nuevo orden mundial que se está construyendo es preocupante: viola el derecho internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Los derechos de las naciones se encuentran subordinados a las locuras del poder de hombres como Trump, Putin, Xi Jiping, pregúntesele a Venezuela, a Ucrania y adviértasele a Taiwán.

Los acuerdos y la estabilidad internacional son frágiles y pueden romperse en cualquier momento, desatando, así, inestabilidad política y económica.

La Doctrina Monroe descafeína de Donald Trump forzosamente se topará con su realidad interna: el Partido Republicano dividido y el avance de los demócratas en las elecciones de noviembre; y se frenará cuando se dé cuenta la importancia que tienen economías como la mexicana para su estabilidad económica y lo poco conveniente que sería, para ellos, el que México tienda puentes con otras naciones. El pretexto del crimen organizado quedará rebasado cuando el gobierno mexicano enfoque su discurso y negociación en la necesidad económica que Estados Unidos tiene con México. Es una relación necesaria y, entre más estable sea, será mejor para ambas naciones.

Hasta aquí Monstruos y Máscaras…

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