El 2026 es el año en que la historia será la gran maestra. Los acontecimientos políticos que suceden en distintas latitudes del mundo exigen, de manera obligatoria, regresar al pasado. Nuestra América ha oscilado, permanentemente, de un lado al otro del péndulo político, este movimiento se ha quedado en la simple y llana confrontación ideológica, cerrada a todo acto de pluralidad y debate. Lejos se ha estado de tener planteamientos de fondo, donde la discusión se centre entre civilización y barbarie, lo cual llevaría a no permitir ninguna forma de dictadura -izquierda o derecha-, pero tampoco la búsqueda de un intervencionismo norteamericano. La soberanía de las naciones se tendría que sustentar en proyectos políticos plurales, incluyentes y aislados de los odios rancios que han dañado la construcción de una cultura política latinoamericana.

Juan Bosch en su libro Póker de espanto en el Caribe de manera magistral disecciona el origen de cómo llegaron y la forma en qué se mantuvieron en poder los dictadores: Rafael Leonidas Trujillo (República Dominicana); Anastasio Somoza (Nicaragua); Marcos Pérez Jiménez (Venezuela) y Fulgencio Batista (Cuba). Las tres últimas naciones se mantienen en el debate entre democracia y dictadura; entre soberanía e intervencionismo. Poco ha cambiado la historia porque nada se ha aprendido de ella.

Donald Trump es un dictadorzuelo parecido a los dictadores bananeros de América Latina. No es un defensor de la democracia ni de las libertades. La amenaza y violencia son sus formas de acceder al poder; el agredir y atacar al otro es la manera cómo funciona su forma de ser, recuérdese los actos violentos de sus simpatizantes en el Capitolio en el 2021.

Esa forma de ser lo ha llevado a actuar sin respetar el derecho internacional; su torpe guerra arancelaria; la amenaza de invadir Groenlandia; la intervención militar en Venezuela nos habla del desafió en que se encuentran varias naciones, entre ellas Cuba. La nación que su revolución de 1959 se convirtió en una desilusión y en lo mismo contra lo que luchaba: una dictadura.

La figura de Fidel Castro mantuvo un proyecto que perdió su cariz revolucionario. Se sostuvo por su relación con Venezuela o Rusia que le suministraban petróleo o dinero para mantenerse a flote. Pero, sin la figura de Fidel solo quedó el discurso que ha perdido legitimidad frente a una realidad de pobreza, desigualdad, prostitución. Raúl Castro pudo mantenerse, en parte, por el apellido: la unidad y las alianzas de la isla con el exterior. Pero, Miguel Díaz-Cannel poco ha entendido del desafió: el proyecto ha caducado y la realidad lo ha rebasado.

Díaz-Cannel tiene la posibilidad de generar un tránsito democrático al interior de la isla. Hacer los acuerdos comerciales con diversas naciones. Regresar las libertades al pueblo cubano, que pasa forzosamente por construir un régimen democrático. Es el único camino para salir de la crisis, porque es difícil que se dé una nueva revolución desde adentro, es más probable que el intervencionismo norteamericano convierta en colonia a Cuba, y que entierre, así, la última posibilidad que tiene aquella nación. Espero equivocarme y ojalá los cubanos sean capaces de organizarse y establecer una democracia y libertad de mercado que otorgue bienestar compartido, ellos como toda América Latina deberíamos tener presente las palabras de Juan Bosch:

“Ya sabemos en qué consiste el imperialismo; es la utilización del poder político o militar de una gran nación para obligar a naciones más pobres o más débiles a entregar sus riquezas potenciales o activas a los grandes empresarios industriales y financieros del país poderoso.”

Hasta aquí Monstruos y Máscaras…

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