“El poder de la empatía no radica en sentir lo que el otro siente, sino en actuar desde la comprensión de lo que el otro necesita”... Jordania Alemany

La empatía es mucho más que ponerse en los zapatos del otro. De acuerdo con el neurocientífico Jean Decety, existen tres tipos de empatía: la afectiva, la cognitiva y la compasiva o motivacional.

La empatía afectiva es la capacidad de compartir y conectar con las emociones de otras personas. La cognitiva consiste en comprender desde el pensamiento, lo que otra persona puede estar sintiendo o pensando.

Finalmente la empatía compasiva o motivacional, va más allá del comprender o sentir lo que la otra persona experimenta, sino que implica el impulso de ayudar o aliviar su malestar, porque si no actuamos, todo quedará en un discurso vacío.

Nos urge empatía porque es un valor indispensable para construir una sociedad con paz y menor desigualdad. Una sociedad en la que sea posible mirar más allá de nosotros mismos, y pasar de conjugar en el “yo” o en el “tú”, a conjugar en el “nosotros”.

Nos urge porque lo que observo en la gran mayoría de los patios escolares, son cientos de estudiantes que desde muy temprana edad, muestran incapacidad para escuchar emociones y sentimientos de sus compañeros para ser solidarios. Al mismo tiempo, es evidente el esfuerzo casi heroico de sus profesores por enseñarles a respetar y a escuchar.

Estas niñas, niños y adolescentes son el espejo de una sociedad en donde descalificar, juzgar y etiquetar al otro se ha vuelto cotidiano, mientras que el individualismo ha ganado terreno a pasos agigantados, logrando salvaguardar lo propio y los demás no importan.

La empatía se diluye en un país donde se privilegia hablar solo con quienes piensan igual que nosotros, cancelando al resto o bien, convirtiéndolos en adversarios o enemigos.

¿Cómo explicar la indiferencia frente al dolor ajeno?, ¿Cómo enojarse con los mensajeros y dejar de lado a las víctimas y en impunidad a los criminales?, ¿Cómo no sentir, escuchar y hacer todo lo posible por ayudar a quienes viven una soledad o un dolor insoportable?

¿En qué momento olvidamos que somos parte de un mismo país, más allá de nuestras coincidencias o diferencias?

Sin empatía no seremos capaces de reconstruir el tejido social, sin empatía no hay caminos para crear comunidades solidarias, ni tampoco un país fuerte con un futuro incluyente y esperanzador.

Las realidades que vivimos podrían llenar muchas páginas más, sin embargo, el propósito de este texto es ir más allá de visibilizar los costos de seguir conjugando en el “yo” o en el “tú”. Haber dejado de conjugar en el “nosotros”. Hoy este “nosotros” se ha satanizado y se adjetiva como “traidor” a quienes dialogan.

Estoy convencida de que es posible reconstruir la empatía si cobramos conciencia y trabajamos en ello sin esperar un día más.

Hoy depende de cada uno de nosotros dar un paso al frente, salir de nuestra zona de confort para escuchar, reconocer y actuar, sobre todo aquello que nos genera indignación, incomodidad o indiferencia. Dejando de lado prejuicios y etiquetas.

Sin empatía la construcción de la paz se convierte en un anhelo imposible de lograr, pues sin ella, lo único posible de construir son muros.

Empecemos en nuestro metro cuadrado, con nosotros mismos, porque el presente y el futuro de un país es la suma de lo que cada uno de nosotros construye o destruye. Es el resultado de decisiones y acciones basadas en el odio y el resentimiento. Sólo con empatía se construyen puentes y es posible volver a encontrarnos.

Hagamos nuestra parte con urgencia y trabajemos para que ese metro cuadrado se expanda en los espacios donde transcurre nuestra vida diaria. Porque solo conjugando en el “nosotros” seremos capaces de volver a empezar.

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