Sus tumbas albergan mucho más que el cuerpo de una mujer o un hombre que defendiendo a nuestras familias dejaron huérfanas a las suyas. El anonimato les acompaña y también un rápido olvido de sus actos heroicos, porque frente a estas tumbas están los protagonistas de la crueldad y la muerte, cuyos nombres son famosos y ampliamente conocidos, incluso más allá de nuestras fronteras.
A quienes siembran terror y muerte les brindan corridos como himnos para exaltar su poderío e intentar que nunca mueran del todo. Estos criminales son protagonistas de películas y series de televisión, y hoy también, de múltiples plataformas en las redes sociales.
Para un sector de la población, los criminales también son sus héroes o heroínas, y el anhelo más profundo es llegar a ser el patrón o la patrona, el jefe o la jefa que ordena a sangre fría quién vive y quién muere.
Si el patrón o la patrona ordenan secuestrar, extorsionar, desparecer, cavar fosas clandestinas, reclutar niñas, niños y adolescentes, lo hacen con absoluta impunidad y facilidad. Si deciden diversificar sus negocios de muerte con la trata de personas, con el secuestro de migrantes, o deciden llevarse por la fuerza a quienes se les antoje, sus tropas obedecerán por inhumana y cruel que sea la indicación.
Obedecen porque les garantiza dinero que jamás "ganarían” en una actividad legal, por miedo, por complicidad, porque su anhelo mayor es algún día ser iguales o más poderosos que quien hoy les ordena. El reto es no solo sobrevivir en estas estructuras de muerte, sino demostrar que se puede ser el más cruel, el más obediente, leal, el mejor estratega.
Esas tumbas que se abren para albergar los restos de quienes nos defendieron están impregnadas de soledad. Porque a diferencia de los criminales, ellas y ellos no tuvieron esas redes de complicidades y poder, ellas y ellos obedecieron órdenes y se pusieron en el frente de batalla.
Frente a estas tumbas lloran sus familias, que en su gran mayoría, vivieron mucho tiempo en esa soledad de quien casi no vive con ellos porque están cumpliendo con su deber en territorios distantes.
Puedo dar cuenta de ello porque en su momento tuve el privilegio y la gran responsabilidad de estar a su lado en momentos de pérdida y desesperación. Viví en uno de sus cuarteles y ahí aprendí que el tiempo que marca el reloj nada tiene que ver con los tiempos del cuartel.
Hubo noches que a las tres o cuatro de la mañana seguíamos preparando la estrategia del día siguiente. Yo lo viví apenas un par de semanas, pero muchos de sus contingentes lo viven cotidianamente.
Recuerdo las palabras de un general secretario cuando le pregunté ¿cómo podíamos apoyar de mejor manera a las tropas?, y sin dudarlo me respondió: “hagan dos cosas al menos, no les mienten la madre cuando pasen por los retenes ni los humillen, y dos, cuando los vean uniformados muéstrenles respeto. Con eso ayudarían bastante”.
Reconozco la determinación de este gobierno para finalmente enfrentar al criminal al más peligroso del mundo, pero para honrar estas tumbas habrá que ir por sus cómplices y redes de apoyo.
Las autoridades deben hacer lo que les corresponde con inteligencia, celeridad y sin brindar protección alguna a quienes hoy siguen impunes. Nosotros como ciudadanos debemos hacer también nuestra parte para que esa soledad se convierta en presencia y acompañamiento. Porque no hacerlo es tanto como seguir fortaleciendo a quienes nos quieren destruir.

