El pasado lunes 26 de enero la Asamblea Nacional de Francia aprobó un proyecto de ley que propone prohibir a menores de 15 años el acceso a las redes sociales.

Una iniciativa respaldada por el presidente francés Emmanuel Macron, quien días antes declaró que “el cerebro de nuestros niños y adolescentes no está en venta. Sus emociones no están en venta ni se pueden manipular, ni por plataformas estadounidenses ni por algoritmos chinos”.

Advirtió también la prohibición de los teléfonos móviles en escuelas, “esta es una norma clara para nuestros adolescentes, para las familias, clara para el profesorado”, dijo.

En Gran Bretaña está sucediendo algo similar, legisladores trabajan en implementar una ley similar a la que Australia aprobó hace poco tiempo, desactivar a menores de 16 años de sus cuentas sociales, poco más de 4.7 millones.

Cuando la legislación se adoptó en Australia, el primer ministro, Anthony Albanese, no solo invitó a los adolescentes a descubrir nuevos mundos en la música, la lectura y el deporte, sino que respondió a la súplica de padres de familia y a una campaña de jóvenes que pedían: “déjenos ser niños”.

Estas políticas públicas son prioridad en muchos de los países más avanzados del mundo, particularmente, en aquellos que hace años optaron por permitir un acceso con muy pocos límites a niñas, niños y adolescentes a las redes sociales, y que hoy son conscientes de los daños que se han provocado en muchos aspectos de su vida.

Estos países, a pasos urgentes, están protegiendo y salvaguardando la vida de generaciones que declaran sentirse solas, que enfrentan adicciones y riesgos que nunca antes habíamos padecido como sociedad.

No se trata de satanizar la tecnología y menos aún sus grandes beneficios y aportaciones, pero sí de reconocer que al conectar a nuestros bebés y niños a plataformas desde muy cortas edades, los desconectamos de ellos mismos y del resto de la humanidad.

Los adultos los desconectamos de la vida consciente o inconscientemente para llevarlos a adicciones y daños que atrofian su cerebro y provocan, muy probablemente, daños irreversibles si no actuamos a tiempo.

Expertos afirman que a nuestros hijos los estamos desprotegiendo en las redes sociales, y a la vez, los estamos sobreprotegiendo del mundo real.

¿Por dónde empezar? Sin duda por visibilizar y reconocer estas realidades, empezando por nosotros los adultos, y haciéndonos cargo de la enorme responsabilidad de poner frente a una pantalla a bebés y niños, que se irán adueñando de su cerebro, personalidad y comportamiento.

En México hay al menos dos riesgos muy graves que en otras naciones los menores de edad no enfrentan, por un lado, el reclutamiento del crimen organizado, que está de plácemes con plataformas y videojuegos en donde con absoluta impunidad se apropian de la vida de miles de niñas, niños y adolescentes, quienes a edades más cortas son víctimas.

Por otro lado, siendo México el primer productor del mundo en pornografía infantil, los pederastas han encontrado en las redes sociales paraísos para cometer crímenes.

Urge hacernos cargo desde todos los frentes y unirnos para tomar las mejores decisiones, porque las y los niños no tiene partido, porque sus cerebros, sus vidas y su salud mental no están en venta.

Pues mientras el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas reporte que en 2024 se denunciaron la desaparición de 29 personas de 0 a 17 años cada día, nadie debería poder dormir en paz.

No hay tarea más urgente que proteger y salvar las vidas de quienes por sus edades y condiciones dependen de nuestra responsabilidad y voluntades.

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