Una estampa de Benito Mussolini

José Woldenberg

Los fascistas no compiten en terreno de los planteamientos, “se trata solo de fomentar los odios”

Antonio Scurati ha escrito una monumental y deslumbrante biografía novelada (más bien un ensayo novelado) del ascenso de Benito Mussolini (1919-1924). De M. El hijo del siglo (Anagrama. Traducción: Carlos Gumpert. 2020. 821 págs.), extraigo la siguiente estampa que creo ilustrativa.

Como se sabe, Mussolini fue miembro del Partido Socialista del que fue expulsado en 1914 por sus posiciones a favor de la guerra. Había sido además director del periódico partidista Avanti!. Pero una vez echado del PS fundó una nueva publicación: Il Popolo d’Italia que se convirtió en su voz, su megáfono.

En junio de 1919, publica en ese periódico el programa de los Fascios de Combate. Decía que luchaban “por una política exterior no sumisa, la reforma a la ley electoral, abolición del Senado… la jornada laboral de ocho horas, salarios mínimos, representantes sindicales en los consejos de administración, gestión obrera de las industrias, seguros de invalidez y pensiones, distribución de tierras no cultivadas entre los campesinos, una reforma eficiente de la burocracia, una escuela laica financiada por el Estado… impuestos extraordinarios sobre el capital de carácter progresivo, expropiación parcial de todas las riquezas, incautación del ochenta y cinco por ciento de las ganancias de guerra, incautación de todos los bienes de las congregaciones religiosas”. Escribe Scurati: “es un programa casi idéntico al de los socialistas revolucionarios”.

Cesare Rossi, colaborador cercano de Mussolini, con “la córnea negra del lobo”, sabe que “a esas alturas es imposible separar a las masas obreras y campesinas de los dirigentes burgueses del Partido Socialista”. Le parece vano e improductivo tratarlas de atraer con un discurso similar al del Partido Socialista. Propone que deben mirar hacia la derecha y desplegar un programa en ese sentido. “Basta de nostalgias y despojos de su pasado de izquierda”. Todo parece indicar que Mussolini compartía el diagnóstico, pero no la propuesta. Su conclusión fue otra: “lo importante es ser algo que permita evitar los obstáculos de la coherencia, el lastre de los principios”. Nada que los ate, nada que los comprometa. La coherencia es innecesaria y los principios estorban. Los fascistas —piensa y actúa en esa orientación— no tienen que competir en el terreno de los planteamientos, “se trata solo de fomentar los odios entre facciones, de exacerbar los resentimientos… Ya no hay ni izquierdas ni derechas. Solo se trata de alimentar ciertos estados de ánimo…”.

Son los Fascios de Combate y, apunta Scurati, lo de combate no es un adorno, es su vocación y su forma de actuar. El nombre es su proclama y su definición. “Pueden y deben, por tanto, permitirse el lujo de ser reaccionarios y revolucionarios según las circunstancias”. Su tarea es generar una nueva fe popular que debe activarse contra el conjunto de los políticos. “La imagen de la clase política como una casta privilegiada y separada de la sociedad” puede ser el motor y el lubricante para orientar el descontento popular.

Mussolini sabe que la racionalidad tiene límites y que las emociones están a flor de piel. Existe una enorme frustración luego de la guerra y el humor público es ácido. Es un caldero hirviente de pasiones y él quiere y puede ofrecerle un cauce de expresión y convertirse en su portavoz, en su líder. Tendrá su momento glorioso ya lo sabemos. También conducirá a un desastre de proporciones formidables.

 

Profesor de la UNAM

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