Recuperar el sentido de las palabras

José Woldenberg

El insulto, último recurso de quien se queda sin razones, está desde el inicio

“Hablando se entiende la gente” es una añeja receta que estamos obligados a poner en práctica. Porque, como sabemos, las palabras sirven para comprendernos, debatir, revelar… No obstante, en no pocas ocasiones se convierten en una densa nube que impide lo elemental: entender lo que dice el otro o llegan incluso a encubrir lo que sucede.

Jesús Silva-Herzog Márquez, en su libro La casa de la contradicción (Taurus, 2021), señala, con tino, que el presidente ha colonizado el espacio público con un lenguaje del que muchos se apropian y otros reproducen y que ahoga la posibilidad de cualquier intercambio productivo. “La mafia en el poder”, “Ya sabes quién”, “Fifí”, “El Innombrable”, “no lo tiene ni Obama”, etc., no son solo ocurrencias que a algunos les parecen graciosas, sino fórmulas para nombrar sin nombrar, o peor aún, para hacer referencia a entidades nebulosas e inasibles. Escribe JSHM: “La ‘mafia en el poder’ dejó de ser solamente referencia a un grupo político más o menos compacto para convertirse en el malvado imaginario de todos. El diablo personal era algún ‘innombrable’ y el ‘salvador’ era ‘ya sabes quién’”.

Esas fórmulas retóricas no sólo resultan brumosas, sino que generan “realidades” inexistentes que acaban conformando ejércitos de zombis que las repiten de manera mecánica como si con ello entendieran lo que se encuentra en juego. Se vuelven un sucedáneo del pensamiento y se convierten en una metralla de frases hechas que inundan la conversación pública y la nulifican.

¿Qué decir de la tan traída y llevada Cuarta Transformación? Un dictado del presidente que la emparenta, nada más y nada menos, con la Independencia, la Reforma y la Revolución. Por decreto del titular del ejecutivo estamos viviendo una epopeya. Utiliza el resorte nominalista: los dichos son, de manera inmediata, realidades. Y como bien dice JSHM, no sólo lo repiten sus seguidores, sino en ocasiones hasta sus críticos. Así, una política errática, destructiva en muchos terrenos, antiilustrada y que añora el pasado, se transforma por la magia de las palabras en la Cuarta Transformación. Una especie de hechizo del lenguaje que se independiza de la realidad para crear otra alterna, en la que habitan, al parecer, varios millones de conciudadanos.

Dice JSHM y dice bien: “la primera tarea de la crítica es, quizá, recuperar el lenguaje”. Ofrece varias claves: “hablar con ese idioma común que registra la complejidad, que practica el respeto en la descripción del otro. Restablecer la paleta de los claroscuros. Respetar el dato. Escuchar el razonamiento técnico… Apreciar la pluralidad de razones válidas e intereses legítimos”.

Creo que le asiste la razón. El debate en el espacio público se está adelgazando. Los razonamientos son sustituidos por dichos mecánicos, los hechos por datos inexistentes, la complejidad de nuestros problemas reducidos a fórmulas simplistas, la diversidad de opiniones realmente existente convertida en dos bandos impermeables. Las descalificaciones además de groseras suelen ser ad hominem. No se valora la argumentación, se leen intenciones (por supuesto perversas). Y el insulto, último recurso de quien se queda sin razones, está presente desde el inicio.

Sí, hay que recuperar el lenguaje. Intentar construir un piso común que por lo menos nos permita discernir lo que está ocurriendo. Porque parece que demasiadas personas están viviendo en un mundo edificado con palabras: llamativas, simples y vacías.

Profesor de la UNAM

 

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