Digámoslo desde el inicio: lo contrario de malo no es necesariamente bueno, puede también ser más malo o igual de malo. A la salida de las tropas norteamericanas de Afganistán siguió la victoria de los Talibanes. La presencia del ejército estadounidense en un país ajeno era un agravio (mal) y el triunfo del integrismo constituye otro mal. Cada bando seguramente se veía a sí mismo como la encarnación de lo bueno y por supuesto sus oponentes eran la personificación del mal. Un esquema maniqueo de pensamiento más común de lo que se cree. Es la fórmula a través de la cual se logran adhesiones profundas, se pintan los campos de batalla y los contendientes con claridad, y la mecánica de confrontación tiene la “virtud” de alimentar la animadversión mutua.

Paul Watzlawick insistió en los peligros del pensamiento maniqueo, y el peor de ellos, el que cree que las aberraciones de su contrario son de manera automática y clara pruebas de los atributos propios. En eso andaba pensando cuando me enteré de la hoy famosa reunión de los senadores panistas con el dirigente de Vox, una formación política racista, homófoba y machista, descendiente de Franco y que como mala hierba ha crecido últimamente en España. Lo curioso, diría alguien, lo preocupante diría yo, es que el evento desató la típica espiral de acusaciones y descalificaciones mutuas, en el que los bandos extremos quisieron demostrar su superioridad gracias a las taras del contrario, como si lo malo del contrincante los convirtiera a ellos en lo bueno.

De un lado, “los buenos”, echaron en cara de sus malos su alianza con un partido pro fascista, su liga con el impresentable Santiago Abascal, su delirante combate contra el comunismo. Enfrente, “los otros buenos”, clamaron a los vientos por la simpatía que sus adversarios mantienen hacia Maduro o Kim Jong-un, por su pretensión de construir un poder autoritario y su retórica, cada vez más hueca, “antineoliberal”. Los dos bandos —imagino— salieron reconfortados al constatar las lacras ajenas, los deslices hacia posiciones inaceptables, el débil compromiso democrático. Seguro se sintieron los buenos porque sus contrincantes eran los malos, como si las diferencias no pudieran ser entre lo malo y lo peor (usted opte por el bando de su simpatía).

El maniqueísmo, dice Watzlawick, tiene una larga historia. Sus antecedentes no son fáciles de rastrear y quizá ha sido una fórmula (casi) eterna para “ordenar” y “pensar” el mundo. Pero al parecer un tal Mani (216-276) “fue el fundador de una religión gnóstica universal, el maniqueísmo… Defendía un dualismo radical, una oposición irreconciliable entre luz y tinieblas, espíritu y materia, Dios y Satanás; una oposición que sólo puede ser salvada mediante una victoria absoluta del bien”. (Lo bueno de lo malo. Herder. 1990.) Y esto último no debemos perderlo de vista. Independientemente de quien lo encarne, la sola pretensión de barrer del escenario al contrario en aras del triunfo del bien sobre el mal no puede sino derivar en catástrofes monumentales. Es, y vuelvo a seguir a PW, lo que hizo que “una religión del amor desembocara en la Inquisición, que los ideales de la revolución francesa dieran paso a la guillotina”. O que los iraníes hayan depuesto al Sha para entronar al Ayatola. Insisto: lo contrario de lo malo no necesariamente es lo bueno y puede ser algo peor.

Más nos vale entonces trascender el maniqueísmo para abrirle paso a la convivencia y competencia de la pluralidad política.

Profesor de la UNAM.

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