En 1956, Fernando Méndez dirigió la película Ladrón de cadáveres, en la cual, “detrás de la fachada bonachona y frágil del vendedor de lotería don Panchito… está el autor intelectual de decenas de crímenes para hacerse de cadáveres que pasan por su quirófano/laboratorio… El objetivo producir un ser varios pasos por delante de la inteligencia y fuerza de los humanos promedio: el híbrido monstruoso que le ayude a conquistar el mundo”. (Criollo, Návar y Aviña. ¡Quiero ver sangre! UNAM. Todas las citas serán de este cotorro libro).

Se trata de un científico perverso, con disfraz de oveja, cuyo conocimiento y avidez de poder lo lleva no solo a cometer distintos crímenes, sino que pretende dominar al planeta. Tres elementos se conjugan: saber, maldad y ambición. Pero los segundos no serían nada sin el primero. Es el conocimiento el que lo convierte en un sujeto temible. El saber de punta, en manos solo de algunos, hace volar la imaginación de lo que esos seres humanos podrán hacer con nosotros, pobres mortales.

Por su parte, el Santo debutó en el cine en 1958 enfrentándose nada menos que a un “doctor criminal e hipnotizador”: Santo contra Cerebro del Mal. No es casual que el mal se coloque en el cerebro, símbolo también de sabiduría. Una sabiduría descarriada, al servicio de causas siniestras. Fue necesario que el enmascarado de plata le pusiera un alto, porque si no…

Explotar modelos de científicos extraviados, abusivos y patibularios es una premisa atractiva. Desata el miedo a lo desconocido, puede dar pie a proyectos aviesos y los sabios se convierten en criaturas nefastas. Ese fenómeno lo destacó Susan Sontag cuando escribió que “los científicos de las películas de ciencia ficción siempre están al borde del colapso nervioso o la locura”. Y no solo eso, sino que “la curiosidad intelectual desinteresada se presenta como una caricatura, una forma de demencia que impide las relaciones humanas normales” (Moser. Sontag. Vida y obra. Anagrama).

Nuestro cine ha sido pródigo en ello. En películas de ínfima calidad, con decorados baratones, trucos elementales, guiones para una edad mental de 8 años, mujeres guapas y luchadores implacables, los científicos malvados han sido personajes centrales.

Así, por ejemplo, “El doctor Yáñez desarrolla la temible bomba de neutrones que tiene como propósito mantener la paz mundial, pues ningún país se atreverá a guerrear ante tal peligro…(Pero) el asistente Walker ve la oportunidad de adueñarse del mundo…”. Se trata de la película Neutrón, el enmascarado negro de 1960. La intención inicial del doctor era buena, pero el mal siempre intenta apoderarse de los conocimientos sofisticados para extenderse.

Chano Urueta en 1966 filmó Blue Demon vs los cerebros infernales. “El Doctor Kadar…cuenta con tecnología que le permite revivir a los cadáveres, cosa que no le interesa para hacer un superhombre, sino un supercerebro”. Los cerebros son una constante. Y cuando resultan híper poderosos debemos temer a su codicia y perversidad.

Por fortuna, en Chanoc y el Hijo del Santo vs los vampiros asesinos (1993), el Santo le da la alternativa a su hijo y pronuncia estas sabias palabras: “Hijo mío, te he estado preparando para que ocupes mi lugar, te he enseñado a amar a los pobres y a los desvalidos, ahora estás listo para ayudarlos y defenderlos, para luchar por la justicia y por la ley, y sobre todo para ser el amigo del pueblo…”.

¿Alguien creerá que es el Santo y los científicos los cerebros del Mal?

Profesor de la UNAM

Google News

TEMAS RELACIONADOS