1. Derecho y fuerza. La vieja aspiración de regular a través del derecho las relaciones entre los Estados quizá jamás fue completamente una realidad. Pero los esfuerzos nunca han sido escasos y la creación de la Organización de las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial fue y sigue siendo la expresión más ambiciosa de ese anhelo. No es casual que en el artículo 2 de su Carta se establezca, como lo recordó el gobierno mexicano, que “los miembros de la ONU, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a las amenazas o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas”.
No debería existir duda de que la acción bélica desplegada por el gobierno de los Estados Unidos contra Venezuela viola flagrantemente ese dictado. Y cuando uno escucha el primer mensaje del presidente Trump hablando del rescate de SU (sic) petróleo y de que por lo pronto ellos gobernarán en ese país, sin una mención siquiera retórica a la democracia, a eventuales elecciones, al derecho que tienen los venezolanos a gobernarse a sí mismos, deslizando la idea de un protectorado sin condiciones ni fechas, resulta que el derecho internacional ha sido dinamitado y que la fuerza es la razón primera y última.
2. Elecciones. El 28 de julio de 2024 se llevaron a cabo elecciones presidenciales en Venezuela. Se enfrentaron por un lado Nicolás Maduro (Gran Polo Patriótico Simón Bolívar) y Edmundo González (Plataforma Unitaria Democrática). La oposición, con las actas de escrutinio en la mano, documentó su victoria. No obstante, el órgano electoral, alineado con el oficialismo y sin presentar acta alguna, dio el triunfo a Maduro. No sólo fue una especie de autogolpe de Estado, sino que con esa resolución se dinamitó la posibilidad de una salida civilizada a la tremenda polarización, fomentada desde el poder, que vivía y vive Venezuela.
Las elecciones son, y en eso reside buena parte de su virtud, el medio a través del cual una sociedad puede deshacerse de manera pacífica de un gobierno que ya no desea, sin el enorme costo de la sangre (Karl Popper). El gobierno de Maduro cerró así la posibilidad de la alternancia institucional que le hubiera permitido continuar al PSUV como partido de oposición ocupando no pocos cargos, y decidió, contra la voluntad mayoritaria, instalar una dictadura.
3. Fuerza y derecho. La siguiente es seguramente una analogía excesiva y quizá caricaturesca.
¿Cuántos cuentos hemos oído, visto o leído o incluso vivido sobre el bully (el acosador) que en la escuela primaria maltrataba, insultaba, agredía a los más débiles? Sus instrumentos eran los del terror contra aquellos que no podían o no sabían defenderse. El abusón reinaba por la fuerza y esa era su ley. Hasta que uno más grande, más fuerte e inescrupuloso le pone un alto y el acosador termina como víctima, por lo cual no son pocos los que aplauden al nuevo y más potente bully. Maduro se comportó así. No sólo despreció y trató de desacreditar a la oposición, sino que se robó la elección, destruyó la economía lo que produjo el éxodo venezolano más grande de su historia (se calcula que 8 millones han abandonado el país). Y ahora el nuevo y más potente bully lo tiene preso.
Tengo la impresión, y desearía estar equivocado, de que hemos entrado de lleno en la época de la fuerza por encima del derecho.

