Timothy Garton Ash escribió una crónica viva -una historia del presente como le gusta afirmar- de las transiciones democráticas en países de Europa sometidos a la órbita soviética. Estuvo en Varsovia, Budapest, Berlín y Praga en 1989 y siguió de cerca las veloces transformaciones de sistemas totalitarios en nacientes democracias. En enero de 1990 colocaba el punto final a esas narraciones que describían y analizaban los sucesos recientes. Estaban cargadas de claves para comprender lo sucedido y de un profundo optimismo. Treinta años después las volvió a reunir con un epílogo en el que recrea las luces y sombras que derivaron de aquellos acontecimientos (La Linterna Mágica. Las revoluciones del 89. Taurus. España. 2025).

En el apartado en el que recapitula sobre el desplome de aquellos regímenes que, a la mayoría, incluso a los “expertos”, les parecían inamovibles, se detenía, entre otros factores, en el desgaste de una ideología corroída por la realidad que ya no conmovía a nadie y suponía que ni los dirigentes de esos países creían en ella. Se trataba de “un conjunto de ideas cuyo tiempo había pasado”. El engaño y el autoengaño se habían deteriorado, pero “la ideología proporcionaba una legitimación residual que permitía a los gobernantes y a sus servidores… engañarse a sí mismos sobre la naturaleza de su gobierno”.

Lo cito en extenso: esa ideología y ese lenguaje “eran vitales para la ocupación semántica de la esfera pública. La combinación de la censura y el monopolio casi total de los medios de comunicación por parte del Partido-Estado proporcionaba un ejército de ocupación semántica. La ideología, en la forma degradada y rutinaria de la jerga periodística, fue su munición… Siguieron cumpliendo una función vital de bloqueo psicológico. Ya no movilizaban a nadie, pero seguían impidiendo la articulación pública de aspiraciones compartidas y verdades comunes”.

Cuando uno escucha de manera reiterada y cansina que la presidenta dice que “en México gobierna el pueblo”, que “el pueblo manda”, que ellos son la encarnación de un pueblo unificado y sin fracturas, que hacen lo que el pueblo quiere, y que como en la frustrada reforma electoral se trataba de cumplir con un compromiso con el pueblo, lo escrito por Garton Ash (me) cayó, ahora sí, como anillo al dedo.

Se trata de un discurso que ni quienes lo emiten pueden creer (salvo que su nivel de enajenación haya cruzado una línea alarmante), pero que al parecer sirve para “la ocupación semántica de la esfera pública”, porque quien no se alinea con ellos de manera inmediata es colocado en el bando del anti pueblo. Se trata de una “ideología degradada y rutinaria” que cumple la misión de cohesionar a sus seguidores y de darles “municiones” para seguir peleando en los medios, algo que se ha convertido en una rutina expansiva, porque a donde uno voltee encuentra en la radio, la televisión y por supuesto en las redes, reproductores puntuales del credo que se genera desde las alturas.

Es un autoengaño productivo porque no solo genera adhesiones sino el aura de alistarse en una causa superior que supuestamente está transformando, para bien, al país. La evidencia de que un ejército de oportunistas y de no pocos corruptos se han sumado a la cruzada, de que diferentes proyectos han fracasado de manera estrepitosa o de que la destrucción de distintas instituciones ha erosionada la germinal democracia, no parecen hacer mella en el discurso. Quizá porque retóricamente no pueden deshacerse del único asidero que les queda.

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