El ejecutivo no es el Estado

José Woldenberg

En recuerdo de Julio López y su fructífera docencia

En recuerdo de Julio López y su fructífera docencia

 

Los textos de Guillermo O´Donnell nos ayudaron a pensar de mejor manera la realidad de América Latina. Recuerdo por su pertinencia actual aquel breve ensayo titulado “¿Democracia delegativa?” (1994). Más allá del optimismo que acompañó a los procesos de transición democrática en América Latina, O’Donnell ponía a discusión el tipo de democracia que estábamos construyendo, su sustentabilidad y sus claros y oscuros. Trataba de analizar un “nuevo animal” que, siendo democrático, pues recurría a las elecciones para nombrar a sus poderes ejecutivo y legislativo, se apartaba del esquema clásico de las democracias representativas por su fuerte concentración de poder en el Presidente.

Las democracias delegativas, según O’Donnell, tenían enfrente el reto de una segunda transición, pasar a la construcción de un “régimen democrático institucionalizado”, en el cual la constelación de instituciones se “convirtieran en nudos de decisión importantes dentro del proceso de circulación del poder político”, lo que permitiría una mejor atención a los problemas económicos y sociales. Porque en las democracias delegativas, el poder de un solo hombre, el Presidente, debilitaba el entramado institucional y llevaba a una fórmula de procesamiento de las decisiones no solo apresurada, sino caprichosa y por ello, a la larga, ineficiente.

Decía: en las democracias delegativas se da la impresión que la persona electa “está autorizada a gobernar como él o ella crea conveniente…El presidente es considerado la encarnación de la nación…se ven a sí mismos como figuras por encima de los partidos políticos y de los intereses organizados…otras instituciones –los tribunales y las legislaturas, entre otros— son sólo estorbos…la accountability ante esas instituciones es vista como un mero impedimento de la plena autoridad que se ha delegado al presidente”. Es decir, las democracias delegativas dan paso a un poder concentrado que puede llegar a no dar cuentas de su actuación, en el que es absolutamente predominante la voluntad de uno y por ello mismo aumentan las probabilidades de “cometer errores groseros” y “multiplicar las incertidumbres”. “No es sorprendente –escribía O’Donnell— que la popularidad de los presidentes de las democracias delegativas tiendan a sufrir reveses tan serios como súbitos…”.

Nuestro Presidente tenía la posibilidad de coadyuvar a fortalecer una democracia institucional. Una democracia en las que la ley y los otros poderes constitucionales, órganos autónomos del Estado y las dependencias del Ejecutivo formaran un armazón sólido y confiable, respetando las atribuciones de cada cual y permitiendo la interacción –en ocasiones tensa— entre ellos. Ello haría que las decisiones fueran más lentas y pausadas, pero también más certeras y legítimas. Porque en las “democracias delegativas” se puede ser más veloz, pero también mucho más ineficiente.

Tres ejemplos recientes (hay decenas): 1) a pesar de que el artículo 134 de la Constitución establece que la propaganda de las instituciones estatales en ningún caso puede ser “personalizada”, el INE tuvo que intervenir para frenar cartas enviadas a los beneficiarios de créditos firmadas por AMLO; 2) a pesar de que la aprobación del presupuesto es una facultad de la Cámara de Diputados, el Presidente intentó cambiar la Ley Federal de Presupuesto para poder modificarlo él mismo, 3) a pesar de que en la administración pasada se intentó forjar un Sistema Nacional Anticorrupción, el cual fue congelado por el gobierno actual, ahora el Presidente declara que “a mí me pidió el pueblo que yo cuidara el presupuesto…y no voy a permitir que nadie se robe el dinero”.

Confundir lo que es un crédito estatal con la figura presidencial, intentar cercenar facultades de otro poder constitucional y pensar que la lucha contra la corrupción es una tarea personal, es no comprender que lo que requerimos es un Estado fuerte (lo que implica división de poderes, vigilancia de los mismos, apego a la legalidad) y no un Presidente todopoderoso. Que ya sabemos a lo que conduce.

Profesor de la UNAM.

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