De la polémica relación cubano-mexicana

José Vicente Saiz Tejero

Conocida es la afinidad que existe entre el pueblo cubano y el mexicano. Esa espontánea inclinación halló en el ámbito de la diplomacia y la política espacios de coincidencia en los que se ratifica de continuo la amistad que vincula a las dos naciones. En situaciones críticas que exigían posicionamientos firmes ante los excesos del poder estadounidense, México respaldó siempre a Cuba. No es pues de extrañar que esos gestos solidarios se repitan en lo futuro con un gobierno como el lopezobradorista que se asume popular y progresista.

Lo anterior no obsta para calificar de impropio y muy desproporcionado que, en su discurso previo al desfile militar del 16 de septiembre, López Obrador convirtiera a la obscura figura de Miguel Díaz-Canel en recipiendario de la empatía que en su época generó el movimiento de Fidel Castro. El hoy presidente de Cuba es un burócrata que ni quiere ni puede devolver a sus ciudadanos los derechos que les conculcó el régimen comunista. Habría bastado que el mandatario mexicano -sin acudir a apologías desmedidas ni analogías absurdas- elogiara la reconocible estoicidad del pueblo cubano para soportar sin claudicaciones un cerco comercial que año con año condena la ONU en su Asamblea General.

El acoso norteamericano se inició al año del triunfo revolucionario con la cancelación de la cuota del azúcar, lo que obligó a Cuba a colocar su principal y cuasi único producto en el mercado del bloque soviético. Tras la crisis de los misiles de 1962, Estados Unidos penalizó la importación de mercancías cubanas y, sin autoridad para hacerlo, en 1992 -Ley Torricelli-determinó sancionar a terceros países que comerciaran con Cuba; en 1996-Ley Helms-Burton-agudizóesas reglas y, en 2000, denegó el financiamiento para venderle productos agrícolas y hasta prohibió a ciudadanos estadounidenses viajar a La Habana.

Previamente a esos golpes propinados a la endeble economía cubana, la Casa Blanca patrocinó en 1961 un grupo armado cuya misión era invadir Cuba, alentar la insurrección popular y derrocar a su gobierno. La aventura tuvo un rápido desenlace en Playa Girón y evidenció la ignorancia de la inteligencia norteamericana respecto de la complicidad de los cubanos con su Revolución, sentimiento diametralmente opuesto al que se alentaba desde Miami y Washington contra Fidel Castro al que en diversas ocasiones se intentó asesinar.

La situación política en ese tiempo era muy distinta a la actual. Aquella se insertaba en una bipolaridad internacional -la guerra fría- que llevó a Estados Unidos a asumir una actitud agresiva contra el ideal libertario de la revolución cubana, lo que acabó empujándola a la órbita de los países comunistas que lideraba la Unión Soviética. Tras el descongelamiento de la relación entre los dos países -iniciado por Obama, suspendido por Trump y continuado por Biden-, la situación varió sustancialmente sin que a ese esfuerzo se correspondiera otro proporcional del régimen cubano para liberalizar su hermético sistema de gobierno.

Se ha dicho -y se repite constantemente en medios nacionales- que la dictadura castrista atribuye falazmente su fracaso al bloqueo que le impuso Estados Unidos. En mi opinión, negar la perversa influencia del injerencismo norteamericano en la degradación de las condiciones de vida de los cubanos es tan equívoco como ignorar que su principal y más importante causa ha sido la tozudez del sistema comunista para sostener sin cambios un régimen que inhibe la iniciativa individual y prioriza la igualdad sobre otros derechos igualmente fundamentales.

No obstante lo dicho, creo que algo podríamos aprender de los logros que, con escasos recursos, alcanzó en educación, salud y deporte la experiencia socialista en Cuba.

Comentarios