Sobre la violencia

José Rubinstein

Cuesta trabajo aceptar que la violencia es inherente al ser humano. Somos controlados por la religión, las leyes y las sanciones, de lo contrario relajaríamos innatas propensiones. Y en cuanto a que si la moral es connatural o adquirida, hemos de aceptar que ésta es efecto de la interacción con las las exigencias del entorno social.

Constatamos a nivel global como la paranoia de un solo individuo puede poner en jaque el equilibrio mundial. Vladimir Putin decidió invadir Ucrania, territorio vecino hermanado en historia, religión e idioma, disponiendo de la vida y destino -van 2 millones de refugiados- de 41.5 millones de habitantes. La violencia bélica es un perder-perder, ¿acaso creía este émulo de Hitler que las potencias mundiales no reaccionarían? Nos mantenemos en vilo confirmando que tal como un colegial bravucón se enfrasca en una bronca, el delirio de Putin es capaz de tambalear la convivencia universal. Por lo pronto Rusia ya es el país más sancionado mundialmente, con 5 mil 532 medidas restrictivas.

En referencia a nuestro propio entorno de violencia, pretendiendo datar cuando perdimos el control de la misma, probablemente fue a partir de que Felipe Calderón dispuso combatir frontalmente al crimen organizado, propiciando desde entonces una espiral ascendente, extendida a inimaginables cifras. Ahora transitamos por la fase de abrazos y no balazos. Los resultados hablan por sí mismos. Lejos estamos de abrazarnos, la violencia, incluyendo la verbal, se expande como reguero de pólvora a la par que los balazos corren por cuenta de la impune delincuencia, más dañina que organizada. Que ¿por qué delinquen? Pues porque pueden, porque desalmados sicarios “por una lana” desaparecen del mapa a quién se les indique, para luego proseguir su camino impunes y sin remordimientos.

Episodios violentos se suceden ante el cada vez menor asombro social. En días pasados, en San José de Gracia, Michoacán, fueron ejecutados impunemente, al azar, en improvisado paredón, hasta posibles 17 inocentes víctimas, luego desaparecidas. ¿Recuerda Ayotzinapa?

La confiada violencia se dio una vueltecita el pasado domingo por el Estadio Corregidora de Querétaro, donde el dantesco escenario de salvajismo, de cuerpos inertes, de despiadadas y sangrientas golpizas y vejaciones dan cuenta de una batalla campal planeada, ajena a cualquier escenario deportivo. ¿Cómo se introdujeron armas punzantes, picahielos, pistolas, y palos? Obviamente hubo participación o cuando menos negligencia de las distintas ineptas policías y nada extraño sería la intromisión del crimen organizado.

En prevención a que la violencia se desbordara en ocasión del Día Internacional de la Mujer, el gobierno de la CDMX desplegó a 3 mil policías mujeres desarmadas para proteger la integridad física de las participantes, además de resguardar con vallas metálicas de 3 metros de altura a edificios, comercios, sitios oficiales y monumentos históricos del primer cuadro citadino. Las probablemente 75 mil mujeres participantes en la marcha exigieron erradicar la violencia en su contra y el otorgamiento del ejercicio pleno de sus derechos, clamaron por justicia a las víctimas de feminicidio y por denunciar y visibilizar el ignominioso acoso sexual. La violencia fue casi contenida en parte por las medidas preventivas y principalmente por el ánimo festivo de la concurrencia que decidió celebrarse en su Día.

Eduardo Galeano: “El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

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