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29/05/2020
04:31
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Ningún presidente previo a López Obrador había sostenido –ni siquiera intentado-  una  relación más cercana, directa y continua con sus gobernados, haciéndose presente prácticamente cada amanecer de lunes a viernes –todo pasa de 7 a 9-, abordando indistintos temas de la agenda nacional. La conexión directa con representantes de distintos medios informativos le permite conocer de primera mano las inquietudes, demandas y aspiraciones de la población, aprovechando para explicar los programas, circunstancias,  acciones y metas relacionadas con el quehacer público.

Este apreciado vínculo presidente-sociedad faculta a ésta para evaluar y juzgar las acciones de gobierno, razón por la que sale sobrando el auto elogio y el repudio hacia  dirigentes y políticas económicas del pasado; ya le llegará su turno de entregar cuentas al régimen de la Transformación y más vale que el modelo económico que hoy  reemplaza al neoliberalismo rinda mejores frutos, de lo contrario se desacreditaría el hoy feroz crítico. Igualmente inquieta la insistencia presidencial a desestimar a  sus adversarios, vocablo que implica pugna o contienda. Por mis propias características debo suponer formar parte del grupo o quizás contingente de adversarios de López Obrador,  de aquéllos hipócritas molestos porque ya no es como antes y desean que le vaya mal. De ser así, intuyendo representar a otros más  en situación similar, enfatizo que de ninguna manera quisiera que a AMLO le fuera mal, no tengo motivos, es más, ni lo conozco, yo me sentiría satisfecho de que al presidente le vaya bien, es decir, que a México le vaya bien. Ningún pasajero desea que al conductor le vaya mal. No obstante, hemos de considerar que la incesante repetición de una idea produce en el oyente un efecto de martilleo, que a base de tanto golpeteo termina convenciéndolo, en este caso  de que los conservadores, tecnócratas y neoliberales –todos- son adversarios de AMLO. Y esta misma deducción  aplica para la mal llamada por el Ejecutivo, prensa amarillista. La siguiente frase  aplica como anillo al dedo en referencia a quienes tienen adversarios: “La mejor revancha es el éxito masivo”.

En todo caso, me posesiono entre los conservadores o tecnócratas deseosos de creer en las propuestas de AMLO, pero las concluyentes cifras del presente y las estimaciones a futuro aportadas por prestigiadas instituciones económicas globales no me lo permiten. No estoy convencido de poder sustituir al PIB por un índice de bienestar y felicidad. Quisiera creer que se crearán dos millones de empleos en los próximos siete meses. Quiero pensar que la Asociación de Bancos de México miente al declarar que la falta de certidumbre de inversionistas ha impedido que se inicien los 147 proyectos anunciados por el Consejo Coordinador Empresarial el pasado noviembre, por 859 mil millones de pesos. Quiero negar al Inegi con respecto a que en el primer trimestre de 2020 el PIB decreció 2.2% a tasa anual y que el PIB per capita haya caído 5.3% el primer trimestre de 2020. Quiero dudar del Banco de México  que declaró que entre enero 2019 y marzo 2020 salieron del país 29 mil 423 millones de dólares. Quiero ignorar que el BBVA estimó una caída de 13% en la construcción el presente año e igualmente que el Inegi informó que el pasado abril las exportaciones de nuestro país disminuyeron 40.9% con respecto al año anterior.

Creo en la firme voluntad de AMLO, pero estoy seguro que es insuficiente, para seguir adelante se requiere la participación de los distintos sectores productivos para juntos aportar, para juntos apoyarse.