Presagio de tormenta

José Rubinstein

Crecimos con la ilusa expectativa de ser copropietarios de la empresa de todos los mexicanos, Pemex, la empresa soberana más relevante del país, símbolo del desarrollo económico que en su lopezportillesco momento nos colocó en la antesala del primer mundo, prestos a administrar la abundancia.

México, país eminentemente exportador de petróleo, salía beneficiado con cada alza internacional del hidrocarburo. Ahora cada elevación global del combustible nos sigue afectando, pero en sentido inverso. Ripley no lo creería, hemos llegado a ser importadores de crudo y principalmente de gasolinas, diésel y turbosina. Pemex a través de sucesivos sexenios prácticamente fue saqueado, tanto por funcionarios y sindicato como por proveedores y contratistas, incluso por la hacienda pública que llegó a servirse con el 58% de las ventas anuales de la paraestatal.

El gobierno de la 4T en su firme obsesión de rescatar y rehabilitar al agónico Pemex, invirtió 5 mil millones de dólares en 2019 y aún así la empresa en dicho año apenas produjo 1 millón 680 mil barriles diarios, 130 mil barriles menos que en 2018, con una disminución en dicho lapso de 18.4% en las exportaciones. La pérdida neta de Pemex en 2019 ascendió a 18 mil 367 millones de dólares, 91.8% más con respecto a 2018. Asentemos que el pasivo por pensiones de Pemex se elevó en una tercera parte.

El pasado lunes negro, los mercados internacionales de petróleo se desplomaron aproximadamente 25% de su valor, la mayor caída en un solo día desde la guerra de Irak en 1991, resultado de la desaceleración económica causada principalmente por el coronavirus y la sorpresiva guerra de precios petroleros suscitada entre Arabia Saudita y Rusia. La mezcla mexicana de exportación cerró con una pérdida del 31.66%, a 24.43 dólares, cuando apenas el 6 de febrero se cotizó a 59.35 dólares, es decir, en apenas 32 días, una merma del 58.83%, equivalente a 34.92 dólares por barril. Consideremos que las 3 principales agencias calificadoras internacionales tienen colocado a Pemex en perspectiva negativa, preocupación acentuada luego de las excesivas pérdidas del pasado 2019. El escenario se complica ante el imparable desplome de las distintas variables económicas, nuestra moneda que el 16 de febrero se cotizaba a 18.56 frente al dólar, ayer —25 días después— osciló en el rango de 22.08 pesos por dólar, 19% de devaluación.

Llama poderosamente la atención que se hayan reunido en la embajada americana en nuestro país, representantes de EU, Canadá, la Unión Europea y de otros 6 países europeos, para externar sus preocupaciones acerca de la actual política energética del presidente López Obrador que cuestiona la legalidad de contratos ya firmados por miles de millones de dólares con el gobierno anterior de Enrique Peña Nieto.

Lo deseable en la presente coyuntura sería que el sector empresarial imprima dinamismo a la economía en sectores como vivienda, turismo, salud y muy especialmente en energía, a la vez que el gobierno acelere el obstruido paquete de proyectos de infraestructura, eliminando trámites y trabas burocráticas. En tanto, la construcción de la refinería de Dos Bocas avanza, siendo factible que el precio por barril de nuestro petróleo sea inferior a 30 dólares.

Parece conjugarse la tormenta perfecta, el preocupante tema petrolero coincide con una serie de eventos que hacen chuza en la economía global, principalmente por la inminente propagación del coronavirus. Ayer evidenciamos la extensión del pánico a imprevisibles niveles: mercados financieros a la deriva, países cerrados, vuelos cancelados, suspensión de eventos deportivos y recreativos, advertencias, confusión, incertidumbre, pesimismo, miedo. Presagio de tormenta.

Analista político

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