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15/05/2020
02:01
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Coincide el pico del riesgo de contraer el coronavirus con el aviso del regreso a la “nueva normalidad”. En resguardo domiciliario, extremando precauciones, lavándonos las manos luego de habernos lavado las manos, somos notificados oficialmente que el ya próximo lunes 18, se inicia el plan de apertura para retornar escalonadamente a actividades económicas, sociales, escolares y de vida pública. Dicho plan constará de tres etapas, integrado por un semáforo que determinará la apertura por Estados, iniciando en 269 municipios de la “esperanza” -203 de Oaxaca- en los 15 Estados menos contagiados, manteniendo cuidados a la salud y con la operación sólo de empresas y sectores considerados esenciales. La segunda etapa, entre el 18 y el 31 de mayo, será destinada para los preparativos de la reapertura general. La tercera etapa inicia el 1º de junio en que concluye la jornada nacional de sana distancia, incorporándose el semáforo por colores –rojo, naranja, amarillo y verde- para los Estados.

Los datos y cifras contrapunteados con respecto a los espacios hospitalarios y el número de víctimas afectadas por el Covid 19 ha sido una desorientadora constante para la opinión pública. La cotidiana información  proporcionada por el Dr. Hugo López Gatell ha sido rebatida en los distintos medios, en especial, por tres exsecretarios de Salud contrarios a las políticas, métodos y conclusiones relativas a la actual pandemia. Por lo mismo, la escéptica población se pregunta: ¿Acaso ya dominamos al virus como para reanudar nuestras habituales actividades, incluyendo la posibilidad de enviar  niños a la escuela?, ¿no es prematuro? ¿qué certeza existe?, ¿se pueden acentuar los contagios?. Un desconfinamiento precipitado podría causar sufrimientos y muertes innecesarias. Especialistas alertan sobre el retorno a la actividad sin haberse efectuado pruebas serológicas que constaten la disminución de la epidemia. La autoridad asume una complicada responsabilidad, aunque por otro lado, ¿existe un momento preciso?, además, la  consecuencia económica por la inmovilidad es descomunal. Queda previsto el libre albedrío para que  gobiernos estatales discordantes decidan sus propias  condiciones de apertura.

Con respecto al Covid-19 y sus repercusiones económicas, inquieta la estimación de la Comisión Económica para América Latina –Cepal- referente a que en México se dará el mayor incremento de pobreza extrema –personas que no cubren el 50% de sus necesidades básicas-, con un alza de 4.8%, colocándose en el segundo lugar en pobreza de la región, sólo detrás de Argentina. Se calcula que para fines del presente año, 47.8 de cada 100 mexicanos serán pobres y 15.9 de cada 100, estarán en pobreza extrema. La Cepal recalca la importancia de las acciones de gobierno para enfrentar los efectos económicos de la pandemia, para evitar “caer de nuevo en otra década perdida”.

El coronavirus igualmente ha resultado perjudicial y en algunos casos letal para trabajadores y patrones. De acuerdo a datos del Seguro Social, entre marzo y abril del presente año se perdieron 685 mil 840 empleos formales, cerraron o quebraron 4 mil 285 empresas, el número de patrones inscritos ante el Instituto disminuyó en 4 mil 285, quedando afiliados 19 millones 927 mil trabajadores, 2.2% menos que en abril del año anterior. Contrario a la promesa del Ejecutivo de crear dos millones de empleos el presente año, la presente crisis podría arrojar una pérdida de entre uno y tres millones puestos de trabajo, irrecuperables en el corto plazo.

Ignoramos en que etapa de “dominar al virus” estamos, lo que sabemos es que la misma nos coloca en la peor recesión desde la Gran Depresión de 1929.

Esto no es normalidad, pero sí es realidad.