¿Intervenir? esa es la cuestión

José Rubinstein

La actual globalización obstaculiza aplicar enteramente la política de no intervención y autodeterminación de los pueblos. Imposible mantenerse ajeno a crímenes de lesa humanidad, violaciones a derechos humanos y libertades individuales cometidos principalmente por gobiernos cercanos geográfica y afectivamente.

La situación imperante en Nicaragua bajo el yugo de Daniel Ortega augura otra irremediable extensión a su mandato, ante la evidente indiferencia de un desinteresado continente. Ortega combatiente del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dictadura de Anastasio Somoza, gobernó Nicaragua en un primer término por 11 años, de 1979 a 1990. Recuperó el poder en 2007, hace 14 años, y ahora aspira a ser reelecto el próximo noviembre por 5 años más. Desde 2017 lo acompaña como vicepresidente su poderosa esposa Rosario Murillo. La estrategia de Ortega para reelegirse consiste en desactivar a sus oponentes, a 7 aspirantes presidenciales y al menos a otros 32 opositores, políticos, periodistas y empresarios los ha encarcelado o les ha decretado arresto domiciliario. Ortega: “No se procesa a políticos sino a criminales…la iglesia, demonios de sotana”.

Cristina Chamorro, hija de la expresidenta Violeta Barrios de Chamorro -1990 a 1997-, aventajada en las encuestas presidenciales contra Ortega, cumple arresto domiciliario desde junio pasado. Su hermano Pedro Joaquín, exdiputado, igualmente está detenido. A ambos se les acusa primordialmente de lavado de dinero. Carlos Fernando, el tercer hermano, logró exiliarse en Costa Rica. La mayoría de las acusaciones corresponden a traición a la patria y conspiración en perjuicio del pueblo y del Estado. En agosto pasado el gobierno de Ortega luego de retener el papel importado para imprimir el decano Diario La Prensa -desde hace 95 años-, detuvo al gerente y ocupó las instalaciones. Un episodio que revela como se las gasta Daniel Ortega fue la denuncia hecha ante tribunales por su hijastra Zoilamérica Narváez en 1998, por haber sido sistemáticamente violada por su padrastro a lo largo de varios años. Testimonio de la abnegada madre: “hija malagradecida”.

La mano de Ortega se endureció a partir de la revuelta popular iniciada en abril de 2018 contra las reformas al sistema del Seguro Social en la que más de 300 nicaraguenses fueron asesinados y otros 2 mil resultaron heridos por la policía y grupos paramilitares, cifras por demás significativas para un pequeño país de apenas 6 millones de habitantes.

Finalmente, en el pasado junio, México decidió llamar a su embajador en Nicaragua a consulta, luego de los sucesivos arrestos de los aspirantes presidenciales opositores a Ortega.

La paranoia de Ortega este martes rebasó los límites de la cordura, al solicitar la detención del laureado escritor —Premio Cervantes 2007— y exvicepresidente de Nicaragua —con Ortega— en el exilio, Sergio Ramírez, por actos que incitan al odio, conspirar contra la soberanía y por lavado de dinero. La magistral respuesta de Ramírez: “Las dictaduras carecen de imaginación y repiten sus mentiras, su saña, su odio y sus caprichos. Son los mismos delirios, el mismo empecinamiento ciego por el poder y la misma mediocridad de quienes teniendo en su puño los instrumentos represivos, y habiéndose despojado de todos los escrúpulos, creen también que son dueños de la dignidad, de la conciencia y la libertad de los demás”.

Intervenir o no intervenir, esa es la cuestión.

Analista

 

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