Estados Unidos no entró a Vietnam por accidente ni por arrebato, entró por decisión política, estratégica y profundamente ideológica. Harry Truman sembró la lógica de la contención del comunismo, Eisenhower la consolidó, John Kennedy y sobre todo Lyndon Johnson, cruzaron el umbral definitivo. El incidente del Golfo de Tonkin, en 1964, sirvió como pretexto perfecto para escalar una guerra que Washington veía como un mero trámite. La premisa era sencilla: superioridad militar absoluta frente a un enemigo subdesarrollado. Un paseo, un día de campo.

Pero Vietnam no era un país, era una causa, una geografía hostil, una guerra asimétrica imposible de domesticar. Lo que comenzó como asesoría militar terminó en una intervención masiva que, en su punto más alto, involucró a más de medio millón de soldados estadounidenses. La guerra duró casi veinte años -contando desde la implicación inicial- y una década en su fase más intensa -1965 a 1975-. Estados Unidos tardó años en entender que no estaba peleando contra un ejército, sino contra una voluntad política inquebrantable. El resultado es conocido: desgaste interno, crisis política, miles de muertos, y una retirada que fue en los hechos, una derrota.

Irak en 2003 repitió el mismo guion. George W. Bush decidió invadir bajo la premisa de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. La caída de Saddam Hussein tomó semanas, la guerra en realidad duró años. La ocupación desató una insurgencia brutal, fragmentó al país y sembró las condiciones para el surgimiento de ISIS.

Afganistán fue aún más revelador. La respuesta inmediata tras el 11-S parecía justificada: desmantelar a Al Qaeda y derrocar al Talibán. Lo primero se logró parcialmente, lo segundo, de manera efímera. Veinte años después, Estados Unidos salió como entró, dejando al Talibán en el poder. Libia y Siria, aunque con distintos niveles de intervención, muestran la misma constante: la ilusión de control rápido frente a realidades locales complejas, identidades fragmentadas y conflictos que no se resuelven con superioridad tecnológica.

Hoy el espejo se llama Irán. La tentación de ver a Irán como un adversario debilitado, aislado o incapaz de responder simétricamente, es en el mejor de los casos ingenua, en el peor, peligrosa. Irán es un Estado con estructura, con redes regionales, con capacidad de respuesta indirecta -Hezbolá, milicias en Irak, influencia en Siria y Yemen- y sobre todo con una lógica de resistencia profundamente arraigada.

El error clásico de Washington -y aquí entra Trump- es confundir superioridad militar con control político. Trump ha construido su narrativa sobre la idea de fuerza inmediata, resultados rápidos y victorias visibles. Pero las guerras modernas no se ganan así, se administran, se desgastan, se enquistan. El exceso de confianza no es un rasgo nuevo, es casi una constante en la política exterior estadounidense. Pensar que Irán podría resolverse en semanas es repetir Vietnam con otro nombre. Las perspectivas son inquietantes, si el conflicto escala, no sería una guerra convencional corta, sino un proceso largo, regionalizado, con múltiples frentes indirectos y costos económicos globales -energía, comercio, estabilidad financiera– que podrían golpear incluso a quienes lo impulsan. Y Estados Unidos parece dispuesto a escuchar una vez más, sólo el eco de su propia confianza.

Analista

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