Atentar contra la UNAM

José Rubinstein

Los egresados de la Universidad Autónoma de México, incluyendo a los actuales universitarios, integramos una orgullosa comunidad receptiva a cuanto acontece y afecta a nuestra Máxima Casa de Estudios. Atentar contra la UNAM es hacerlo contra quienes allí forjamos nuestro destino.

Mortifica presenciar la frecuente interrupción y acortamiento de ciclos escolares por diferendos susceptibles a solucionarse mediante el diálogo. Sin embargo, los actuales motivos de paro de labores, tanto de la Facultad de Filosofía y Letras (12 mil estudiantes), de la preparatoria 3 (4,300 estudiantes), de la preparatoria 7 (6,100 estudiantes) y de la 9 (6 mil estudiantes), corresponden a una situación de máxima preocupación: la violencia de género. Inaudito, profesores acosan sexualmente a sus alumnas.

En la Facultad de Filosofía y Letras —88 días en paro— se integró un grupo representativo denominado “Mujeres Organizadas” cuya finalidad es defenderse de las agresiones de género, destacando entre sus peticiones impartir un curso para alumnos y maestros sobre perspectiva de género. Autoridades de la UNAM se manifiestan por erradicar la violencia de género, exhortando a presentar denuncias formales para poder proceder en consecuencia. Este pernicioso tema de la mayor trascendencia apremia a la UNAM a aplicar rigurosas medidas extremas . La cuestión a afrontar resulta por demás delicada, considerando la furia desatada a nivel global por la violencia de género, de la cual han surgido movimientos como #MeToo. Por otro lado, se corre el riesgo de validar falsos testimonios perjudicando a personas inocentes.

Desde el 4 de septiembre del año 2000 los universitarios arrastramos el agravio de que el Auditorio Justo Sierra —también conocido como Che Guevara— fue secuestrado —robado— por diversos grupos colectivos de izquierda, prevaleciendo la imposición del autodenominado Okupa Che —“espacio autónomo de trabajo auto sugestivo”—. Dicho sitio fue prácticamente desmantelado, quedando como guarida en tinieblas, con impregnado hedor a orines, habitado por inmunes anarquistas, donde se venden desde antojitos hasta droga en el pasillo que conduce a Filosofía y Letras y a la Biblioteca Central, ante la anuencia de las sucesivas autoridades universitarias que llevan casi 20 años tolerando lo intolerable, evitando arriesgar sus propios cargos. Dicho por el reelecto rector Enrique Graue en 2016: “El espacio es nuestro como tal, no hay ninguna duda al respecto de que es de la Universidad. Primero hay que procurar toda la capacidad de diálogo que tiene la Universidad y evitar cualquier acto de violencia en este proceso”. Desde entonces han transcurrido 4 bochornosos años que agotaron la capacidad de diálogo. Es hora de recuperar el auditorio Justo Sierra y a la vez la dignidad de las autoridades que se han hecho ojo de hormiga al respecto, menospreciando los ilícitos cometidos dentro del recinto universitario por grupos de vagos malvivientes.

Recuperar el auditorio Justo Sierra no implica represión o violentar la autonomía universitaria, sino aplicar el reglamento de la institución y las leyes de la Ciudad de México. La autonomía resulta un falso mito cuando parte de sus instalaciones permanecen secuestradas por casi 20 años. ¿Soy autónomo en mi propia casa cuando una habitación de la misma es ocupada por intrusos? Recordemos que el conflicto de la UNAM de 1999-2000 concluyó con la incursión de la fuerza pública, convencida de priorizar el interés mayoritario de la comunidad universitaria.

Es tiempo de sanear el entorno universitario erradicando la violencia de género, es tiempo de recuperar el auditorio Justo Sierra y principalmente, es tiempo de ejercer a plenitud la dignidad universitaria.

Por mi raza hablará el espíritu.

Analista político

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