Antes de mí, el diluvio

José Rubinstein

En el afán de estar al tanto del flujo informativo del entorno, soy asiduo a las mañaneras, práctica inédita en que el gobernante establece un canal directo de comunicación con sus gobernados. El podio presidencial resultaría ideal para transmitir mensajes de unión y fraternidad sin distingo, buscando atraer cada vez más adeptos al llamado proceso de transición del régimen. Sin embargo, gran parte de la perorata del Ejecutivo la enfoca a temas recurrentes en torno a un mensaje esencial: Antes de mí el diluvio. La nefasta herencia del periodo neoliberal impregnada de corrupción, hipocresía y desdén por el pueblo parece haberse transformado en un régimen donde no se miente, no se roba y no se traiciona, la corrupción ha sido eliminada, la honestidad valiente se ha impuesto y el pueblo bueno sabio y noble participa en las decisiones fundamentales, inclusive ejerce el albedrío de ratificar o revocar a mitad del camino el mandato presidencial.

López Obrador sintetiza la actual coyuntura en una frase: “Vivimos un momento estelar”. Suena bonito, pero un momento estelar implica una actitud de brazos abiertos hacia todos los ciudadanos sin distingo de sus preferencias políticas, hacia los distintos sectores productivos, hacia las distintas instituciones educativas, fideicomisos y organismos autónomos, hacia la justificadamente aspiracionista clase media, hacia los diversos medios de comunicación por él llamados convencionales, hacia articulistas e intelectuales cuya labor crítica es inherente a su actividad, hacia los desdeñados neoliberales y conservadores.

AMLO va derecho y no se quita en cuanto a sacar adelante las tres reformas constitucionales consideradas prioritarias: la reforma eléctrica, la reforma electoral y la reforma que integra la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional. La reforma eléctrica difícilmente será aprobada por aparentemente no alcanzar los votos suficientes en el Congreso, aunado a contravenir cláusulas del T-Mec y a la inconformidad de inversionistas privados. La reforma electoral ha sido calentada a partir de la aversión mostrada por AMLO hacia el INE: “Que se logre que haya elecciones limpias y libres, y que no haya fraude electoral…que encontremos, que si los hay, mujeres, hombres íntegros, rectos, demócratas, sinceros, para que sean los que conduzcan los procesos electorales”.

Partiendo de la premisa de que en política nada es accidental, consideremos que los votos del PRI podrían resultar determinantes para la aprobación de la reforma eléctrica, por lo mismo, llama la atención que imprevistamente López Obrador haya propuesto a varios priistas ex gobernadores, cuyos Estados casualmente hoy son gobernados por Morena, para representar a México en el extranjero, -Quirino Ordaz y Carlos Ayza como embajadores en Madrid y en República Dominicana respectivamente y Claudia Pavlovich como cónsul en Barcelona-. Por cierto, el beneplácito de España al embajador propuesto se ha dilatado, ¿alguna represalia? En tanto, el presidente del PRI, Alejandro Moreno, ha advertido a los militantes del tricolor que de aceptar la invitación presidencial podrían ser expulsados del partido -qué susto-. ¿Habrá plan con maña con respecto a dichas designaciones?

Por otro lado, concediendo el beneficio de la duda a la posibilidad de una participación plural en la responsabilidad de gobernar, sin adversarios políticos, sin ofensas y sin agravios, entraríamos -ahora sí- a un momento estelar de nuestra historia.

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