La violencia en nuestro país está en fase de normalización. Los datos se acumulan sin alarmarnos, ya no digamos conmovernos. Los problemas están reducidos a unos cuantos ángulos. La comparación entre los muertos de antes y los de ahora. La asignación de sentidos mediante los consabidos “por algo será” o “es entre ellos”. La no aceptación de masacre como negación de magnitudes. La violencia no inició en este ni por este gobierno. En él, sin embargo, ha adquirido nuevas dimensiones. Los datos muestran incrementos en los distintos rubros de medición. Lo alarmante es que, ante esta evidencia, el Presidente López Obrador lo niegue y pretenda generar un mundo nuevo para ahí encuadrar y comprender el fenómeno. Este mundo es el del silencio, fase previa a la del olvido.

Entre las muchas pretensiones del presidente de la República está la de constituirse en el gran resignificador de la vida nacional. Sus afanes visibles se dirigen al servicio público o la corrupción. También, a la postulación de las palabras prohibidas, de los oficios o tareas desempeñables o la auténtica legitimidad de ciertos derechos humanos. Lo interesante de los ejercicios clasificatorios del Presidente no es que solo quiera darle valor a ciertas personas y acciones, sino también a lo que busca con sus silencios. Para quien piensa su propio discurso como totalidad, el ninguneo es tan significativo como las palabras.

De entre todos los componentes de sus silencios, hay uno simultáneamente grave y ejemplificativo. La muerte de los periodistas. De ello el Presidente habla poco. Cuando lo hace, distorsiona causas, dimensiones y efectos. Ejemplo de lo anterior es que menciona que los asesinados no eran periodistas o su muerte no tuvo que ver con su quehacer. No le interesa saber lo que subyace a las muertes, sino imponerles el signo necesario para incorporarlos a su mundo. El Presidente parte de categorías creadas o experiencias de hace décadas. Supone que, como en el pasado se creía, los periodistas eran independientes o “chayoteros” pero, a diferencia de entonces, considera que ahora depende de cómo se posicionan frente a su persona o su gobierno.

El Presidente no comprende que el periodismo de hoy es distinto. Que las líneas entre poder público y sociedad se han desdibujado. Que la comunicación va más allá de ciertos intercambios entre gobierno y grupos legales basados en códigos compartidos. El Presidente no entiende que los cambios sociales se generan y reproducen en y desde los medios de comunicación. Que los medios noticiosos son un campo más de disputa, con sus propias violencias, ocupaciones y muertes. Un botón es mi muestra.

En el libro “La tropa del silencio” (Universidad Autónoma de Coahuila), de José Carlos Nava Vargas, constan las entrevistas que le hizo a 18 periodistas que trabajaron en La Laguna del 2007 al 2013. Dan cuenta de los cambios vividos por la acción de la delincuencia organizada. La imposición de palabras —“gente armada” en lugar de “sicarios”— o su prohibición —“huyeron” o “corrieron”—. La expansión del control desde la “nota roja” hacia el resto de las secciones. Las diferentes estrategias de control desde las amenazas hasta los pagos. Mucho de lo contado en el libro es extrapolable a otras zonas y medios de difusión del país. No es un fenómeno aislado de ese tiempo y lugar.

El periodismo es uno más de los campos de batalla en los que el país, que se está construyendo, hace frente a la delincuencia. Este entendimiento amplio debiera ser el contexto para comprender y enfrentar la muerte de los periodistas y el quehacer de los medios informativos. No, en cambio, la pobre reducción de que todo pasa por saber quiénes están a favor o en contra del Presidente de la República.

Ministro en retiro. @JRCossio

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