La historia de México no se escribe en los despachos de Washington, ni en las cortes federales del norte. La historia de México se escribe en los surcos de nuestra tierra, en las aulas de nuestras escuelas públicas y en el corazón de millones de hombres y mujeres que, por generaciones, hemos caminado con la frente en alto.
Esta semana, la sombra del viejo intervencionismo ha querido asomarse nuevamente. Voces del exterior, impulsadas por intereses electorales ajenos a nuestra realidad, pretenden dictarnos el rumbo y utilizar la retórica del miedo para vulnerar lo más sagrado que tenemos: nuestra soberanía. Quieren hacernos creer que la justicia solo se habla en inglés y que somos incapaces de sanar nuestras propias heridas.
Pero se equivocan. Olvidan que este país ya no es el de antes; ya no es la patria sumisa que entregaba sus recursos y su dignidad a cambio de una palmada en la espalda.
Hoy, México tiene rumbo y tiene timón. Al frente de la nación se encuentra una mujer que encarna la dignidad de nuestra historia. La Presidenta de la República ha demostrado una firmeza inquebrantable, una templanza de acero que no se dobla ante las presiones imperiales ni ante las amenazas de aquellos que ven la cooperación bilateral como un acto de sometimiento. Con la Constitución en la mano y el respaldo del pueblo en el pecho, nuestra mandataria ha dejado claro que la paz y la seguridad se construyen con justicia social, no con intervenciones extranjeras.
Apoyar a nuestra Presidenta en este momento no es una cuestión de colores partidistas; es un deber patriótico. Ella representa la continuidad de una transformación que puso primero a los pobres, que volteó a ver al campo abandonado y que devolvió el orgullo de ser mexicanos. Su política exterior es el reflejo de una máxima juarista: el respeto al derecho ajeno es la paz.
Frente a la provocación, nuestra respuesta debe ser la unidad nacional. Frente al intento de dividirnos, el lazo inquebrantable de la organización popular. No vamos a permitir que se use el dolor de nuestro pueblo como moneda de cambio en la geopolítica de la soberanía.
A los que desde el norte miran con soberbia el despertar de nuestra patria, y a los de adentro que añoran los tiempos de la entrega, les decimos con claridad: México ha elegido ser libre, y esa es una decisión democrática que no tiene marcha atrás.
!Con la Presidenta todo, contra la soberanía nada! ¡Viva México libre y soberano!

