Como sociedad, no podemos aceptar que sigan sucediendo en México hechos de violencia en contra de mujeres como el ocurrido el pasado 25 de noviembre, justamente en la fecha en que se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia en Contra de la Mujer. Abril, una mujer mexicana, fue arteramente asesinada a balazos cuando circulaba por las calles de la Ciudad de México, después de acudir a una audiencia judicial.

Este doloroso caso desnuda nuestro sistema de impartición de justicia: Abril, hace menos de un año, había sido brutalmente agredida por su entonces esposo. Mientras dormía, fue golpeada salvajemente en la cabeza con un bat y después lesionada con un bisturí. De no ser por la intervención de su hijo de 15 años, nadie sabe en qué hubiera podido acabar la agresión. Su hijo le salvó la vida en ese momento. Abril denunció el hecho. El Ministerio Público acusó al agresor de feminicidio en grado de tentativa. Inexplicablemente, un juez cambió el delito de la acusación por otro, de violencia familiar y lesiones. Por si fuera esto poco, un magistrado le quitó la prisión preventiva que se le había impuesto como medida cautelar y lo dejó en libertad. Abril había denunciado que estaba siendo acosada, que temía por su vida, y nadie le hizo caso. En un hecho que nos debe llenar de vergüenza, la asesinaron a plena luz del día, de dos balazos en la cabeza.

Ahora sabemos que el juez que reclasificó el delito por el que fue acusado el agresor y, el magistrado que ordenó se le quitara la prisión preventiva, han sido suspendidos y están siendo investigados. Pero, el daño está hecho: Abril está muerta. Es urgente transformar de raíz nuestro sistema de justicia. Lo que le duele a México, la herida que ha estado abierta muchos años, es la ausencia de instituciones confiables que protejan al inocente del abuso y castiguen a quien viola la legalidad.

Me da mucha pena decirlo pero en México, el hecho de ser mujer acarrea muchas desventajas y riesgos. Las manifestaciones de violencia varían de un contexto social, económico, cultural e histórico a otro, pero es evidente que esa violencia sigue siendo una realidad devastadora en nuestro país. Se trata de una violación generalizada de los derechos humanos y un grave impedimento para el logro de la igualdad entre mujeres y hombres.

Ya en anteriores ocasiones me he referido —hoy no lo haré— a las escandalosas estadísticas que nuestro país tiene en de casos de violencia contra mujeres. Debemos estar conscientes de que la única manera de combatir con eficacia la violencia es atendiendo todas sus formas, pues es un problema social que afecta los espacios vitales de hombres y mujeres y que se origina de un aprendizaje en el hogar, en la escuela, a través de los medios de comunicación; en la medida en que hombres y mujeres aprendan, desde la más temprana edad y a través del ejemplo en la familia, que existen formas no violentas de resolver conflictos, podrán rechazar la violencia en la escuela, en el trabajo y en su vida cotidiana.

La eliminación de la violencia contra la mujer sigue siendo uno de los desafíos más grandes e imperiosos de nuestro tiempo. Todos tenemos responsabilidad de actuar ante la violencia y de ayudar a mantener un entorno político y social en el que no se tolere la violencia contra las mujeres y las niñas, e impedir que los autores de esos actos queden impunes.

Lo que está sucediendo en el tema de la violencia en contra de las mujeres, es algo que como sociedad no nos podemos permitir. Es una de las asignaturas más importantes y urgentes de México. Si queremos vivir realmente en paz y libertad, si queremos superar la injusticia y la arbitrariedad, es hora de sumarnos desde todas las trincheras a la lucha para poner fin a la violencia en contra de las mujeres. Esa, creo yo, es una inaplazable reflexión nacional.

Abogado.
@jglezmorfin

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