Márgenes. Se puede tener la peor opinión de los partidos Verde y del Trabajo, pero su rechazo a la contrarreforma que los desaparecería ha servido hasta ahora de parapeto para evitar reducir aún más los márgenes de las oposiciones y de la (escasa) vida parlamentaria del país.
Muros de contención. Hay que admitirlo. Hasta el año antepasado, entre el entonces presidente López Obrador y la dictadura personal que se propuso establecer en su sexenio, se interpuso un Congreso sin mayoría calificada del régimen, pero con minorías dispuestas a hacer valer su capacidad de contención y levantar un muro frente al avance del poder autocrático. Y hubo también una Suprema Corte con mayoría de juristas conscientes de su deber de defensa de la Constitución sobre las pretensiones del despotismo en formación: ministros con voluntad de parar los desafueros presidenciales y elevar otro muro frente a la dictadura.
Aversión al suicidio. Pero también hay que asumirlo. En los pasados 17 meses de Claudia Sheinbaum lo que hubo fue un Congreso controlado por el régimen con mayorías calificadas construidas con partidos satélites (PT y PVEM). Sin embargo, estos hoy aparecen dispuestos a desertar de sus complicidades, con las cuales contribuyeron a postrar el estado democrático de derecho. De la Corte, ni hablar, hoy con ministros al servicio del régimen listos para cohonestar lo que hagan el Legislativo —y el Ejecutivo— en, sobre o contra la Constitución. Y de allí también la importancia de la aversión al suicidio del PT y el Verde.
Encoger minorías, estirar el despotismo. Lo que queda claro al acercarse el final de este episodio, es una serie da artimañas de factura antidemocrática en busca de un engañoso encogimiento —hacia la irrelevancia— de la representación de las minorías que concurren a representar la pluralidad mexicana en el Congreso. Y, en correspondencia, un rebuscado estiramiento —hacia la autocracia— del control —por el grupo dominante— de todos los ámbitos del poder en la república.
Espejo. Antes de ser secuestrado y asesinado, el líder socialista en el Parlamento Italiano, Giacomo Matteotti, se opuso dramáticamente en 1923 a la contrarreforma electoral que acabaría con las oposiciones en la elección de 1924: “¿Qué se interpone entre ustedes y la dictadura?”, increpó a un puñado de legisladores fascistas del primer ministro Mussolini. “El Parlamento”, respondió a su pregunta retórica. Y concluía dirigiéndose a las bancadas del suyo y los demás partidos: “Esta ley (la contrarreforma electoral de Mussolini) representa nuestra muerte”. Lo dijo semanas antes de acontecer la suya y, meses antes, de la muerte de partidos, elecciones y monarquía constitucional. De allí la trascendencia del freno impuesto por las oposiciones reales y ficticias unidas a la decisión de desvanecerlas.
Mussolini, nuestro contemporáneo. “Lo que nos narra pertenece al ayer, pero podría describir el mañana”, saludó Rafael Narbona, en ‘El Cultural’ de El Mundo de Madrid, la aparición de la saga (cinco tomos) de M, sobre las décadas de Mussolini. Respondo a preguntas de lectores sobre las citas que he venido utilizando por una semana al cotejar estos dos esperpentos surgidos a 103 años de distancia: la ley electoral del fascismo italiano de 1923 y la contrarreforma electoral de la presidenta Sheinbaum, propuesta este 2026. Las citas encajan con este tema central de la agenda mexicana de tal manera que podríamos más bien hablar —no sin horror— de Mussolini como nuestro contemporáneo.
Académico de la UNAM

