Macedonio y Marx: ¿campos de experimentación?

José Carreño Carlón

No hay que descartar ahora que las prácticas delictivas de Salgado pasen a los libros de texto como alto ejemplo cívico de preservación de las instituciones democráticas

Más mentiras para más atrocidades. Preocupa en México y en el mundo el aval del presidente –calificando de pacíficas y dentro de la ley– a las amenazas de muerte –tipificadas en el Código Penal– de su candidato Félix Salgado Macedonio, con ataúd y advertencias estilo cartel criminal, contra los consejeros del INE y sus familias, en sus domicilios como blanco de sus secuaces. Y causa consternación su anuncio, considerado legal por el presidente, de un golpe al Estado democrático, con una crisis constitucional –y el ominoso precedente– que provocaría impedir por la fuerza las elecciones en un estado: una invitación a las bandas del narco para que decidan o no la celebración de elecciones en los territorios que controlan. Ese aval a estos hechos por un por presidente que ha estirado al extremo la liga del incumplimiento de la Constitución para mantener su mayoría de diputados, ha hecho temer que estamos ante un experimento de su campo de pruebas para esquivar toda posibilidad de perder, no sólo en junio, sino en la cita para las presidenciales de 2024.

Por otra parte, si bien rechazó el lunes los “extremismos” anticipados por su cercano director de materiales educativos, el presidente ha avalado el golpe fraguado en el campo de pruebas dirigido por Marx Arriaga, para realizar el más burdo experimento de control de las conciencias desde la niñez, ello a juzgar por sus propias palabras recogidas ayer por EL UNIVERSAL. Y en este punto se percibe un común denominador en la pretensión de ‘justificar’ los proyectos del régimen y las conductas de sus personeros, por ejemplo, Marx y Macedonio, bajo el estandarte de su jefe: el falseamiento de los hechos.

El método del régimen no cambia. Para fijar en las mentes de sus fieles una supuesta racionalidad y un sentido de justicia en las irracionales, destructivas atrocidades en curso en varios campos, el presidente López Obrador y su equipo no se ahorran una sola de las formas comunes de mentir: desde el falseamiento directo y la negación de hechos al amparo de sus ‘otros datos’, hasta las medias verdades y las generalizaciones insostenibles. El otro elemento del método radica en la descalificación calumniosa, difamatoria de los autores y actores del proyecto, la institución, la persona, el gremio o la obra a aniquilar.

Inventos para la historia. Por ejemplo, a los maestros y acreditados estudiosos de la historia que en las últimas décadas han ido actualizando los libros, les sorrajó el presidente la descalificación de “teóricos de los oligarcas” que hacían cambios “para que se olvidara la historia” lo cual nunca jamás ocurrió. Y otra mentira suprema: “Los que impusieron las llamadas políticas neoliberales le llamaban 'el fin de la historia'”, título del libro de Francis Fukuyama que quizás el presidente cita de oídas, porque en México tuvo una recepción de rechazo en el mundo académico, político e intelectual. Y, otra invención soberana: según el presidente, los de antes les “decían (a los niños): '¿Para qué vas a estar ya recordando a los héroes…?’”. Y todo para justificar el asalto a la conciencia de los niños por la camarilla que ya se inventa la historia desde el podio presidencial.

El ejemplo cívico de Macedonio. De lo más reveladora resulta la desinformación presidencial de que los libros del pasado “quitaron el civismo, quitaron la ética, (y) entonces, con el triunfo de nuestro movimiento va pa'tras…" (¿cómo vendrán los libros de español?). Pero los libros de formación cívica y ética de 1999 a 2017 han sido modelos de educación para la democracia. Aunque no hay que descartar ahora que las prácticas delictivas de Macedonio pasen a los libros de Marx y AMLO como alto ejemplo cívico de preservación de las instituciones democráticas.

 

Profesor de Derecho de la Información, UNAM

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