Comités de Defensa de AMLO. En las guerras intestinas del régimen, el removido director del CIDE se niega a rendir la plaza y dejar el puesto. Y un director en funciones (o, más bien, en la nómina) de la SEP, a cargo supuestamente de elaborar materiales educativos, pretende emular los Comités de Defensa Revolucionaria (CDR) del régimen cubano, con su convocatoria a formar ‘comités de defensa’ del proyecto ‘educativo’ de AMLO. Acusa a las autoridades de su propia dependencia —a sus superiores— de hacer correcciones (insuficientes, por cierto) a los aberrantes libros de texto generados por su unidad administrativa el sexenio pasado, bajo la guía de un funcionario del régimen venezolano de Hugo Chávez.
Escuela de arbitrariedad. Pero más que emular los centros de delación de vecinos, o incluso de los propios familiares sospechosos de servir a la contrarrevolución, en que se convirtieron después de Bahía de Cochinos los CDR cubanos, estos extravagantes funcionarios mexicanos parecen emular a su líder, López Obrador, y su cauda de destrucción institucional y desapego de la ley. Llevada al sistema educativo, esta escuela de arbitrariedad de AMLO está llamada a producir el mismo efecto de debilitamiento de sus instituciones que logró el expresidente a escala nacional. En los términos en que lo resumió Aurelio Nuño en La aurora de México, López Obrador nos dejó la estructura de un gobierno arbitrario con un estado débil: debilitado por la desobediencia y más tarde por la mutilación de sus órganos fundamentales del estado de derecho.
Guerras subterráneas. La celebrada remoción del director del CIDE va más allá de un cambio de mandos en una institución universitaria. Como episodio de las guerras subterráneas de poder —y, en este caso, de proyectos políticos y educativos— es también una pieza más de la esencia del régimen autoritario. De hecho, como lo apuntábamos al inicio de estas notas, la guerra continúa con la renuencia de José Antonio Romero Tellaeche a dejar el encargo concluido con su remoción. Significativamente ha encontrado apoyo en las críticas a la secretaria de Ciencia, que lo cesó, Rosaura Ruiz, publicadas en espacios de prensa del sector más duro del régimen.
La misión de Romero. Romero llegó a la institución enviado por la última directora del Conacyt, María Elena Álvarez Buylla, perseguidora de científicos con proyectos de investigación acordados con los sectores productivos, según ella, ajenos al pueblo. Arbitraria, convirtió una institución fuerte en una débil, desmantelada y aislada lo mismo de la comunidad científica que de los sectores productivos. Según algunos, ella fue quien le asignó a Romero la misión de revertir el clima de rigor y libertad arraigado en la institución. En cambio, la nueva directora interina del Centro de Investigación y Docencia Económicas, Lucero Ibarra Rojas fue nombrada por la secretaria de Ciencia, y llega acompañada de expectativas de oxigenación del CIDE en buena parte de la comunidad académica del país.
¿Golondrina en pleno invierno? Difícil echar las campanas al vuelo por mejoramiento de las perspectivas de una institución universitaria. Enhorabuena. Pero estamos ante un paisaje de universidades públicas asediadas y reducidas, en general, a la sobrevivencia por las restricciones presupuestales. Y con sistema educativo al garete protagonizado por el ansia protagónica de un personaje de opereta, cuarto nivel de la SEP, erigido en caudillo “obradorista” y ‘pronunciado’ contra el resto de la dependencia.
¿Otra golondrina? Si la movilización civil y la pérdida de respaldo a Trump, incluso en su partido, redujeron su brutalidad antinmigrante, lo mismo, más la amenaza de deserción de sus partidos aliados del régimen contendrían aquí la monstruosidad de la contrarreforma electoral propuesta.

