Extravíos exteriores, retrocesos interiores

José Carreño Carlón

Hay realineamiento al lado de gobiernos (auto) condenados al aislamiento

Perdidos en el pasado. Cuba decidió inscribirse en la lógica Este-Oeste, respondió el canciller Jorge Castañeda Álvarez al explicar, como vocero de nuestro país, la ausencia de La Habana en el Diálogo Norte-Sur de Cancún en 1982. Pero a la gente de Palacio le cuesta asumir el final de aquel bloque del Este de la Guerra Fría en 1989 y que México forma parte de la mayor zona comercial del Norte desde 1994. Por eso parecería llevarnos a un salto al vacío con un realineamiento del régimen al lado de gobiernos (auto) condenados al aislamiento internacional. En el mismo sentido podríamos ir en el plano interno con el escalamiento del uso hostil de los instrumentos del estado contra las libertades informativas y la comunidad científica. Extravíos al exterior y retrocesos al interior de la vida nacional: éste podría ser el sello de la semana de la patria, de la larga y previsiblemente adversa secuela en las tensiones de dentro y de fuera del país.

El papel del narcicismo en la historia. Pero mucho menos que una estrategia nacional para la arena internacional, lo que quedó de manifiesto fue una ráfaga de palos de ciego de nuestro presidente y nuestro canciller, cada uno entregado a sus agendas personales en el campo de batalla doméstico. De pifia, desaires, riñas entre sus convocados a acabar con la OEA en la Celac y otros desfiguros están sobrepoblados los medios de estos días. Al lado de la inequívoca, genuina veneración de AMLO al régimen cubano, más evidente que eso fue su incontrolable pulsión protagónica, narcisista, propia de su tipo de liderazgo. Fue esa una pulsión contraindicada si de lo que se trataba era construir canales de entendimiento entre Estados Unidos y Cuba. Entre otros fines, para terminar con el embargo comercial a la isla y a la vez transitar hacia la democracia y el respeto a los derechos humanos. Más arduo, menos lucidor, pero más más profesional, hubiera sido propiciar un encuentro, al menos un saludo, una foto oportuna del presidente de Cuba con el enviado a la fiesta nacional o el embajador de Estados Unidos, como señal de la voluntad de reanudar el proceso de entendimiento tan avanzado por Obama y tan abruptamente interrumpido por Trump, el amigo de AMLO y enemigo de los mexicanos.

Con la OEA o sin la OEA. Pero una gestión así no iba a agregar mucho al culto a la personalidad del presidente, como sí lo alimenta la arenga pública con su pliego de reclamos y peticiones a la Casa Blanca. Obvio, lo menos esperado era una respuesta de Washington. Y lo más, afirmar la imagen de gallardía del caudillo nacionalista ante la superpotencia, reencarnar a David frente a Goliat para complacer a los suyos, agasajar a su visitante estelar, el presidente de Cuba, y seguir forjando un liderazgo del autócrata mexicano como campeón de los autócratas y dictadores de la región. Todo ello, con una agenda anidada medio siglo atrás en el recóndito imaginario de un gobernante de hoy en el extravío de los tiempos y la desconexión con las realidades contemporáneas. La política cubana de los presidentes mexicanos de la década de 1960 en adelante no fue ocurrencia personal de un presidente, sino obra de juristas de primer nivel que desarrollaron normas del derecho internacional para fundamentar el derecho de Cuba a la autodeterminación. Entonces, tras su exclusión de la OEA, tuvo sentido dar por muerto o agonizante ese organismo regional regido en sus resoluciones mayoritarias por una sola voz, la de Washington, a diferencia de la pluralidad de voces de hoy y del surgimiento de una diversidad de foros alternativos. De manera que al ocuparnos hoy del dilema “con la OEA o sin la OEA”, no “ganaremos la pelea”, en contra del slogan cubano de hace seis décadas. Más bien parece un recurso de distracción de gobiernos en problemas en busca de atribuírselos a otros.

Profesor de Derecho de la Información. UNAM

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