El verano de nuestros nuevos descontentos

José Carreño Carlón

Ni antes ni después

Aunque falta poco más de una semana para la entrada formal de la estación caliente, en los medios aparece ya corrido el telón del verano de nuestro descontento, como parafraseó Carlos Fuentes una línea del Ricardo III de Shakespeare para el título de un brillante y polémico texto publicado en 1972 en el Plural de OctavIo Paz del Excélsior de Julio Scherer. Con la pandemia como telón de fondo, la economía en picada, el desempleo creciente, la salida de capitales y la desconfianza de los que se quedan —efectos ya en curso por acciones presidenciales pre pandemia— el presidente se saca de la manga una supuesta conspiración de empresarios, funcionarios e intelectuales, real o supuestamente dispuestos a construir una oposición capaz de, primero, contenerlo con contrapesos en el Congreso y los poderes regionales, para, más tarde, sacarlo del poder a través de las urnas.

El tono presidencial es de denuncia, como si los aprestos electorales fueran indebidos. Sus voces más adictas llaman ‘golpe blando’ a algo que en cualquier democracia se advierte enteramente democrático: el aprovechamiento de los grupos opositores de los errores de los gobiernos en funciones. Incluso para presentar algún borrador de sus áreas de investigaciones políticas, acaso buscapiés para amedrentar a potenciales opositores, dice que `la gente’ le ha hecho llegar dos documentos que dan cuenta de la estrategia que se prepara contra su gobierno. O sea, estrategias electorales en todo caso poco diferenciadas a las que él puso en marcha para llegar al poder.

Y será por la presión de los socios comerciales extranjeros o de los desempleados, subempleados y pequeños y medianos empresarios camino a la bancarrota, que el presidente no oculta su afán por precipitar el fin de una crisis que puede recortar sus fantasías regresivas (de las que acusa a ‘la reacción’). Esas ansias traen consigo el riesgo no de encaminarnos a una nueva normalidad sino de evitar que se acabe de ir la anormalidad de este primer semestre pandémico del año. Lo hemos repetido aquí. La precisión al asumir una crisis —y aquí ya lo hicimos tarde— es tan delicada como la de darla por concluida antes de tiempo. Y todo indica que nos estamos precipitando, con la predisposición del gestor oficial de la crisis, el subsecretario López Gatell, a avalar (y alabar) las decisiones presidenciales.

Ni en defensa propia

Con los previsibles rebrotes de la pandemia, el inminente verano trajo brotes de descontento y desahogo. Las agresiones policiales a una menor habilitada como anarquista se cobraron en destrozos y saqueos que extendieron a la capital de la República el esbozo de un mapa de ingobernabilidad diseñado en Guadalajara por aliados de AMLO contra el gobernador de Jalisco. Allá, a propósito de otro exceso policial, que causó la muerte de un trabajador de la construcción. Con la pradera seca por las dos caras de la crisis social: la sanitaria y la económica, el desahogo violento de angustias acumuladas, la brutalidad policial y su explotación política por quienes no se detienen ni en defensa propia en sus luchas de poder, el país se puede convertir en materia altamente combustible. Parece claro que agentes identificados con el presidente activaron los hechos de Jalisco con la pretensión de detener el crecimiento del gobernador Alfaro como alternativa a Palacio Nacional.

Verano caliente

Crisis sanitaria de lejana solución, crisis económica exacerbada por la anterior y por la gestión de AMLO y su equipo; desempleo, cierres de negocios, excesos policiales, complacencia con violencia y saqueos ‘ciudadanos’, con el crimen llenando vacíos. Oscuros objetos del deseo de los políticos de incendiar esta leña seca contra sus adversarios. Verano caliente de descontento acumulados.

 

Profesor en Derecho de la Información,
UNAM

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