El gran solitario del presídium

José Carreño Carlón

Pesar en el adiós a Rodolfo TuiránJúbilo por el FIL a David Huerta

Pesar en el adiós
a Rodolfo Tuirán
Júbilo por el FIL a David Huerta

 

De monólogos. En su aparente ruta hacia alguna forma de restauración del absolutismo presidencial del siglo pasado, el presidente López Obrador se abstuvo sin embargo de restaurar el rito de acudir a la apertura del periodo de sesiones del Congreso General a leer un mensaje relativo a su informe: su primer informe, conforme a la Constitución, el tercero en la contabilidad metaconstitucional y contra estadística de Palacio. El mandatario no dio el paso de restituir esa comparecencia a pesar de sus holgadas mayorías en las cámaras federales y en los Estados, integradas por muchos de los que ahuyentaron a los presidentes cuando eran minoría. Las actuales no son así. Sólo la descalificación de antagonistas como “moralmente derrotados” hubiera metido en problemas al presidente en la sede del Poder legislativo. Por eso quizás lo hizo con los suyos en un hermético Patio de Honor del asiento del Poder Ejecutivo.

De promover un intercambio con la pluralidad, ni hablar. El titular del Ejecutivo no estuvo dispuesto siquiera a someterse al protocolo del Legislativo: esperar a que le dieran la palabra, compartir un estrado de dos filas, codo con codo con los integrantes de las mesas directivas de diputados y senadores y el presidente de la Corte. Mucho menos desearía departir con los vicepresidentes y secretarios de las cámaras, algunos de ellos legisladores de partidos diferentes al suyo. Su estrategia era aparecer el domingo al mando de su propio protocolo, con un escenario blanco para él solo. René Avilés recogió el susurro de políticos y periodistas de medio siglo atrás para darle título a su novela El gran solitario de Palacio. Y hoy podemos recoger del debate abierto en los medios, las crónicas de un gran solitario del presídium.

En ese presídium palaciego se puso en escena la continuación de un monólogo iniciado una semana antes, con spots con su propia voz y su propia imagen solitaria: la parafernalia propia de una autocracia, en la soledad de un poder que se quiere sin límites y sin acompañantes con luz propia. Ya se han exhibido en medios y redes los dichos presidenciales engañosos en sus diversas plataformas. Faltaría registrar la sintaxis en primera persona que singulariza al presidente y excluye al gobierno. Y está también el ceremonial que echó abajo del proscenio y borró de los spots todo vestigio del entramado institucional para dejar en escena a un actor protagónico que le atribuye a otros el origen de todo mal y le asigna todo bien a su personalísimo actuar.

Contra su burocracia. El colmo fue la descalificación de su propia burocracia frente a sus altos exponentes en el Patio de Honor. Para justificar la entrega directa de recursos —en clave clientelar— a los beneficiarios de sus programas, el presidente contó que una señora le dijo que si esos recursos se entregan vía las dependencias “se los clavan”. Así lo aseguró el mandatario en medio de la surrealista ovación de los responsables de esas mismas dependencias, mientras el de la voz aseguraba que seguiría repartiendo beneficios en mano para que no les metan mano sus subordinados.

Inmoralmente invictas. Junto al síndrome de Adán que les diagnosticó Fernando Zertuche a los presidentes del absolutismo (porque proclamaban que en su edén todo se hacía por primera vez) siempre surgen los acotamientos al voluntarismo: Trump trastocó en distopía antimigrantes la utopía promigrantes de AMLO. Éste perdió también las vencidas con las que desafió a los constructores de gasoductos. Y el estancamiento económico cambió su retórica de la minoría rapaz por mensajes de gratitud y colaboración con el gran capital. Sólo las bandas criminales florecen, acaso como inmoralmente invictas, intocadas por la retórica presidencial.

Profesor Derecho de la Información-UNAM

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