A dos años, el estado de la República

José Carreño Carlón

El liderazgo presidencial no parece resolver problemas, sino incluso parece generar otros para usarlos como instrumentos de concentración de su poder

La Era de AMLO


A dos años de la elección presidencial, cumplidos hace tres meses, así como del inicio del actual gobierno, a celebrarse en 45 días, y ante un muy significativo cotejo electoral dentro de 7 meses y medio, quizás sería pertinente intentar desde ahora ejercicios de verificación sobre el estado que guardan hoy los indicadores más relevantes, en contraste con las condiciones de noviembre de 2018. Ante las frecuentes referencias negativas del presidente a lo que ocurría ‘antes’, en contraste con su idealización del ahora, se antoja esclarecer cómo estaba y cómo está, por ejemplo, la economía, incluso con la salvedad de la pandemia. Cómo, el sistema de salud, el educativo, el desempleo, la pobreza, la calidad de la administración pública, la situación de la energía. E, incluso, la lucha contra la corrupción.

Desde luego habría que agregar al contraste el estado de las libertades y de la democracia antes y durante la actual Era de AMLO, al cumplirse el primer tercio de su periodo constitucional. Lo que venga D. A. (después de AMLO) acaso lo relatarán nuestros bisnietos. Van un esbozo de temas susceptibles del cotejo propuesto.

El liderazgo del presidente López Obrador no parece alentar una vocación de resolver problemas, sino incluso de generar otros con el fin de utilizarlos como instrumentos de concentración y consolidación de su poder. Pero todo indica que va más allá. Por ejemplo, mediante elecciones controladas desde diversos resortes, como ya no ocurría en el antes desde hace más de dos décadas, hay preocupantes aprestos de afianzar la permanencia de un proyecto de desmantelamiento de un régimen y de su suplantación por otro. Sólo que esto desbordaría el mandato electoral de 2018, por el cual el mandatario juró cumplir y hacer cumplir la Constitución. Cierto, ésta incluye previsiones para su modificación, pero contiene también preceptos fundacionales no modificables en una república democrática, salvo que se pretenda desestabilizar las bases de nuestra convivencia.

Derechos y libertades bajo fuego


Entre esos preceptos no modificables destacan el respeto a los derechos humanos, hoy, pero no antes, asediados de manera cotidiana en lo que respecta a la libertad de expresión, a través de una violencia verbal sistemática del presidente contra medios, críticos e informadores. Ello, con efectos, hasta ahora, de amenazas e injurias contra los aludidos por parte de adictos al régimen. También aparecen bajo fuego las garantías procesales, como la presunción de inocencia y el debido proceso, conculcadas por el uso de la procuración y la impartición de justicia con fines electorales o de ajustes de cuenta políticos o personales.

¿República o imperio?


Inmodificable en su esencia aparece también la declaración constitucional que desde 1824 puso fin al imperio e instauró la República. El actual artículo 40 establece: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática”, vulnerada en estos años por la práctica de una dudosa ‘democracia participativa’ de trampeadas ‘consultas populares’, así como por una pública y reiterada invasión del Ejecutivo a los procesos de los poderes Legislativo y Judicial. “Laica”, continúa el texto constitucional la enumeración de los atributos de nuestra República, aunque esto se ha puesto en entredicho por la injerencia de una iglesia en un partido aliado del presidente y en el propio discurso presidencial.

“Y federal”, concluye el texto constitucional que ordena a la República, como a propósito de este momento en que diez estados se aprestan a enfrentar el reforzado, inequitativo centralismo imperial. Los gobernadores se expresan con ímpetus fundacionales que a veces remiten al célebre libro de Hamilton de 1788. De ese tamaño, nuestros rezagos y regresiones.

Profesor de Derecho de la Información, UNAM

 

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