Crimen, sablazo y egolatría

José Carreño Carlón

La culpa es de los tlaxcaltecas

Empieza a hacer crisis la manía de monopolizar la escena con su narrativa de una vida nacional girando felizmente a su alrededor, sus temas, sus prejuicios y su fijación obsesiva por controlar la conversación pública desde el amanecer, marginando los problemas que agobian a la población. En estos días, el presidente López Obrador privilegió su cuento monotemático del avión, a costa de silenciar la fiebre feminicida que enferma a la nación e indigna a la opinión internacional. Luego el mandatario traspasó al neoliberalismo la responsabilidad del gobierno en la negligencia que llevó a la tortura y a la muerte a la niña Fátima. Pionera del realismo mágico, Elena Garro publicó en 1962 un cuanto más original: La culpa es de los tlaxcaltecas.

Todavía ayer quiso el mandatario imponer en la agenda, sobre la ira social que se acumula ante la falta de respuestas serias a la emergencia de género, los avances del Ejército en la construcción de cuarteles para la Guardia Nacional. Las únicas referencias a los feminicidios fueron para descalificar al diario español El País por atreverse a señalar que “el presidente López Obrador sólo ha ofrecido un catálogo de ignorancia sobre la violencia de género”, cuando supuestamente ese periódico –lo acusó el presidente– no habría denunciado antes la corrupción de empresas españolas (¿?). También quiso acalambrar a Liébano Sáenz, por osar unirse a esta preocupación central, ya que su jefe, hace un cuarto de siglo, el presidente Zedillo –le reprochó el actual presidente a Liébano– convirtió deuda privada en deuda pública. ¿El Fobaproa de 1995, también sospechoso de los feminicidios de 2020?

Volvemos a la egolatría del presidencialismo exacerbado que por décadas suprimió del debate público todo asunto que pudiera oscurecer el temario del supremo. Hoy, la sangre de niñas y adolescentes no debe salpicar los temas presidenciales. Para eso bajó el presidente de su Sinaí con un decálogo de lugares comunes elusivos de la responsabilidad del gobernante en los feminicidios. Y lo peor, la temerosa clase gobernante a su servicio se mimetiza en la negación y funcionarias del gobierno de la capital, de su mismo equipo, encontraron otros ‘culpables’ de la muerte de Fátima: divulgaron supuestos o reales problemas de salud mental de los padres como si fueran atenuantes o excluyentes de la responsabilidad del gobierno en el sacrificio.

Opacidad político empresarial

Tampoco parece un ejercicio de transparencia –como afirma el presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE)– sino de cinismo, invocar como circunstancia atenuante de responsabilidad que esta vez se haya hecho pública, a diferencia del pasado, la transferencia realizada en cachitos de lotería por empresarios, a solicitud del presidente, de mil quinientos millones de pesos empaquetados en el cuento surrealista del avión no incluido en el sorteo. Y a ello se agrega que el presidente se negó a dar los nombres de los donantes, sus montos millonarios y sus relaciones de negocios con el gobierno.

¿Colecta política?

El líder empresarial –coinciden analistas– comparaba la actual con otra cena, ocurrida en 1993. Pero, a diferencia del presente, aquella no se realizó en Palacio Nacional, sino en casa particular, la de don Antonio Ortiz Mena. Y los donativos no pasaron por servidores públicos, sino que iban para un partido político, el PRI de Colosio. Se buscaban fuentes de fondeo que lo apartaran del cargo de financiarse del gobierno, cuando aún no se establecía el financiamiento público conforme a las reformas democráticas de esa década. Pero si el empresario aliado del actual régimen insiste en comparar cenas quizás algo sepa de connotaciones político-partidistas del sablazo de 2020, como las que abiertamente tenía la colecta de 1993.

Profesor de Derecho de la Información. UNAM

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