Celebración en Palenque

José Carreño Carlón

La celebración de un obstáculo legal a una fuerza contraria en las elecciones, no es propia de un presidente, obligado a no interferir en los procesos electorales

Las trampas del poder

 Ante la insólita, teatral, sobreactuada celebración en Palenque del presidente López Obrador por la decisión del Consejo del INE de no registrar el partido impulsado por el expresidente Caderón, la pregunta es si estamos sólo ante uno de los frecuentes desfiguros verbales y lógicos de nuestro mandatario, o si —consciente o inconscientemente— López Obrador desea hacer evidente en cada frase su proyecto de país sin andamiaje institucional. O de país con instituciones suficientemente débiles y hundidas en el descrédito como el escenario ideal para el afianzamiento de una autocracia: un poder concentrado en una persona, como no se había visto ni siquiera en el México del presidencialismo exacerbado.

A eso se deberían las ostentaciones del mando presidencial sobre la Fiscalía y el Poder Judicial, producidas con las filtraciones del affaire Lozoya, más la suspensión de algún juez, en ambos casos, en respuesta y al servicio político del presidente. Acaso ante el recato de los titulares de esos órganos constitucionales, AMLO habría ofrecido la dudosa prueba de “la arrogancia de sentirse libres”, supuestamente contenida en la real o inventada declinación del fiscal y el presidente de la Corte a la invitación a palacio con motivo del segundo informe de gobierno.

Pero este fin de semana el mandatario le agregó un eslabón a la pesada cadena con que va inmovilizando a los órganos autónomos, con su maltrato al Instituto Nacional Electoral, un amago nada sutil al Tribunal Electoral y, con todo ello, una amenaza a los recién iniciados procesos electorales hacia las urnas de junio. El presidente pareció tender una serie de trampas en las que pareció caer. Primera: la sola celebración de un obstáculo legal a una fuerza contraria en las elecciones, no es propia de un presidente de la República, obligado a no interferir en los procesos electorales. Segunda: su nueva descalificación al INE que, si bien adoptó la decisión celebrada, lo habría hecho, sugirió el presidente, bajo la amenaza de su desaparición. Y, tercera, ya en el extravío de la lógica: la insinuación de que la decisión celebrada sería, sin embargo, arbitraria, al compararla en su deshilachada chacota contra Calderón, con el despojo de la presidencia del que se dice víctima en la elección de 2006.

Al diablo las comparaciones

El presidente parece partir de que, en efecto, ahora fue a México Libre al que le robaron el registro para que no llegue las elecciones de 2021, cuando le aconseja en clave de burla al expresidente Calderón que movilice a sus seguidores en las calles para impugnar la negativa de registro a su partido, como lo hizo el de Macuspana cuando según él le robaron su elección en 2006, Y ahora que el poder presidencial redobla el paso para eliminar competidores y controlar o desaparecer y en todo caso usar para fines electorales todas las instituciones del estado, el presidente recuerda que hace tres lustros él mandó al diablo las instituciones de la entonces mafia del poder, con lo cual parecería sugerirle a las oposiciones, hoy en curso de exterminio, mandar al diablo a las instituciones de la actual mafia del poder.

Última trampa. En Palenque, el presidente dejó al INE a merced de quienes le atribuyen servir al régimen por no registrar al partido de su significado adversario, pero también a merced de las furias del régimen (allí “están totalmente desacreditados”, sentenció). Pero el presidente se acerca al desfiladero de una tortuosa confesión cuando establece que el INE sólo acató, bajo amenaza de ver terminados sus días, la opinión del pueblo, evidentemente modelada por su guía, de acuerdo a esta pieza de singular sintaxis: “¿cómo iba el INE a otorgar el registro? se acababa el INE…” . Claro, porque cambió la mentalidad del pueblo, pues.

Profesor de Derecho de la Información. UNAM
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