Bancarrota de una narrativa providencial

José Carreño Carlón

Ni inmune ni infalible. Las informaciones diarias y las percepciones extendidas de la pandemia, asumida ésta por familias y comunidades como fuera de control, se reafirmaron con el anuncio del contagio del presidente. Con la infección y muerte de parientes y allegados —y ahora el agobio de quien se había dejado ver como invencible ante adversarios y adversidades— la gente ve cerrarse el cerco del agresor de la salud pública. En estos tres días se afirman también las convicciones de fracaso del manejo político electoral del gobierno en sustitución de una estrategia científica, responsable, para enfrentar el problema sanitario.

Con ello se han multiplicado las exigencias de un cambio radical en lo que se hace y lo que se omite en el campo de la salud. Y algo esencial: cunde el imperativo de un cambio, también de raíz, en lo que se dice. Esto, a la vista de la antología crítica publicada en los medios y las redes a partir del domingo con el torrente de barbaridades, supersticiones, contradicciones, prédicas moralistas, imprecisiones, manipulaciones y embustes propalados por el presidente y su vocero de la crisis. Porque ahora sí que, con el presidente a la cabeza, la gente padece el impacto inevitable de la desinformación —de procedencia presidencial— en las actitudes y los comportamientos de una sociedad confundida, proclive al contagio colectivo.

Asistimos a la bancarrota de una narrativa de corte providencial que había dejado correr la especie (‘científica’, de López-Gatell) de una inmunidad producto de la “fuerza moral” del presidente, así como la conseja de un presidente infalible que, por tanto, no comete errores ni tiene necesidad de rectificar. Pero el aislamiento sanitario del presidente se suma al drama apocalíptico, registrado a diario en los medios, de enfermos que mueren asfixiados en espera de una cama afuera de hospitales saturados. Son muertos con frecuencia no incluidos en la contabilidad oficial de más de 150 mil fallecimientos y que un especialista hace remontar a 400 mil. Estamos ante un trágico, macabro mentís a la narrativa cotidiana de éxito de la gestión presidencial de la pandemia.

Incrédulos

La bancarrota de la credibilidad quedó registrada además en la recepción del tuit del presidente anunciando su contagio, matizándolo con la versión de la aparición de síntomas “leves”. Ello provocó la irrupción en redes de una nutrida franja de incrédulos, divididos entre quienes califican de falsa la noticia y la atribuyen a la necesidad de Palacio de neutralizar el rumor de que el presidente se hizo aplicar en secreto las primeras vacunas que llegaron, y quienes, en el otro extremo, dan por bueno el contagio, pero sostienen que aquello de los síntomas leves pretende ocultar la gravedad del mal del presidente.

Ojalá que esto último carezca de sustento. Y respecto a lo primero, parecería suicida inventar el contagio presidencial al costo de echar abajo la de por sí bajoneada narrativa de éxito en que se empeña el presidente.

Disclaimer

No voy a distraer al lector con una crónica de los lejanos años de convivencia laboral, de afinidades políticas —e incluso de muestras de amistad— de quien aquí escribe con el hoy presidente López Obrador. Pero entre sus críticos de los últimos tres lustros, pocos, como yo, tienen tan personales motivos y recuerdos para lamentar, no por protocolo, sino de entraña, el mal trance de salud de Andrés Manuel. Y para desearle un pronto restablecimiento. Y que este segundo aldabonazo del destino —el primero fue su infarto de 2013— lo concilie con algunas verdades elementales y lo devuelva, ya limpio de ese virus, a la realidad. En una sociedad democrática la crítica busca corregir el proceder de los gobernantes, no su mal. Mucho menos su salida del escenario.

Profesor de Derecho de la Información, UNAM
TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios